El proceso de amnistía y reconciliación tiene notables avances, pero aún falta que los factores opositores muestren también disposición a reconocer errores
Ha transcurrido un poco más de mes y medio desde la aprobación de la Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática. Los avances han sido notables, expresados en miles de personas favorecidas con excarcelaciones y el cese de medidas cautelares sustitutivas de privación de libertad.
También, de manera paralela, se han desarrollado iniciativas como el Programa para la Convivencia Democrática y la Paz, que ha logrado sentar en la mesa a factores hasta ahora reticentes al diálogo.
Varios de los más altos voceros del gobierno que encabeza la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, así como representantes de otras ramas del Estado y de la institucionalidad nacional, han reconocido sin medias tintas su responsabilidad en el conflicto que ha perturbado al país por años. Algunos han pedido perdón abiertamente.
Pero, desde el lado de la militancia revolucionaria, se echa de menos una actitud consecuente de parte de la mayoría de los dirigentes opositores, quienes siguen actuando como si todo lo ocurrido en Venezuela durante lo que va de siglo hubiese sido culpa exclusiva del chavismo. En su versión de la historia, el resto de las fuerzas políticas han sido inocentes víctimas, demócratas ejemplares martirizados por un sistema autocrático y represivo.
Pocos han tenido la valentía de admitir que la violencia política en el país ha sido un fenómeno típicamente en espiral. A cada acción ha sucedido una reacción, y a cada reacción, otra acción. Esto viene ocurriendo así desde el ascenso al poder del comandante Hugo Chávez, y ha tenido momentos estelares en 2002, 2003, 2004, 2007 y luego, casi sin interrupciones, entre 2013 y el año en curso. ¿Alguien ha aparecido reconociendo que participó en golpes de Estado, sabotajes a la industria petrolera, guarimbas, incursiones armadas de mercenarios o peticiones recurrentes de sanciones y bombardeos contra su propio país? Nada de eso. Por el contrario, hasta voceros del ala moderada de la oposición, como Henrique Capriles Radonski, han dicho que el único que debe pedir perdón acá es el chavismo.
La historia parcialmente borrada
En esa visión unilateral, también se pretende borrar hechos muy importantes para la comprensión cabal del tema. Por ejemplo, que esta no es la primera propuesta de la Revolución Bolivariana para la concordia y la paz. Antes bien, esos esfuerzos comenzaron desde el mismo momento de la retoma del poder por parte de Chávez, en abril de 2002. Una revisión objetiva de los hechos prueba que todos los empeños de diálogo fueron saboteados por la dirigencia opositora o considerados como señales de debilidad que debían aprovecharse para el jaque mate soñado.
El llamado del comandante, crucifijo en mano, fue obviado pronto por la coalición de fuerzas que lo había derrocado por 47 horas. Unos meses después estaban en marcha la conspiración de la plaza Altamira y el paro petrolero y patronal. En tiempos más recientes, factores clave de la oposición patearon las mesas de negociación de República Dominicana y Noruega, cerrando las vías hacia una confrontación dentro de los cauces democráticos.
Funciona, pero no es suficiente
La negativa de uno de los actores a admitir aunque sea una parte de la culpa no ha impedido, hasta ahora, que el empeño de reconciliación siga dando pasos adelante. Pero es evidente que un proceso como este requiere reciprocidad.
Las maquinaciones de sectores opositores que desataron niveles de violencia inéditos en el país dejaron heridas muy severas y causaron víctimas concretas que nunca han obtenido justicia. Las familias de ciudadanos linchados en plena calle también quisieran oír a alguien pidiendo perdón, aunque fuera de una manera retórica.
Un segmento considerable del pueblo sufrió los efectos directos de todos esos intentos de llegar al poder mediante atajos extraconstitucionales. Casi toda la población nacional fue víctima de la guerra económica, las medidas coercitivas unilaterales y el bloqueo.
El espíritu de la amnistía sostiene que los autores intelectuales y materiales de disturbios, intentos de magnicidio y de invasión merecen una segunda oportunidad, pero, ¿acaso las víctimas de esos desmanes no son también dignas de que los beneficiados reconozcan que transitaron por una ruta errada?
Corolario para el ámbito comunicacional
Entre los actores que nunca han pedido perdón y tampoco parecen dispuestos a hacerlo ahora están los de la esfera comunicacional.
Los dueños de medios y ciertas individualidades el campo periodístico fueron autores intelectuales de muchos de los episodios de violencia a lo largo de este período, pero pretenden actuar ahora como si siempre hubiesen sido meros observadores críticos de lo que ocurría.
Para que el proceso de amnistía y reconciliación siga navegando hacia buen puerto, sería justo que alguno de esos personajes nefastos se disculpara con el país. Pero eso, tal vez, sea demasiado pedir.












