Mientras la atención global, en los últimos dos meses, se centró en el Oriente Medio, otras cosas importantes ocurren a escala global.
Hechos que contribuyen a la reconfiguración del nuevo orden mundial. Lo venimos diciendo: el nuevo orden mundial no llega de manera lineal, tampoco será fácil, el hegemón se resiste a perder sus privilegios.
Pero hay otras potencias que emergen, que se complementan. Hay nuevas potencias globales y regionales que actúan sin estridencia. Que se respaldan y apoyan para acabar con el actual estáblisment.
Existen potencias con una herencia civilizatoria que les permite analizar mejor el mundo, y en base a ello tomar decisiones mejor pensadas, con mejor perspectiva histórica.
O, como en el caso iraní, herederos de la civilización persa, listas para resistir y plantear una guerra asimétrica contra Estados Unidos. Esto obliga a que Washington deba negociar.
Más allá de alardes y declaraciones rimbobantes, habituales en Donald Trump, la realidad muestra que Estados Unidos no ha logrado sus objetivos.
No controla el estrecho de Ormuz, no ha logrado el cambio de régimen, no ha balcanizado Irán.
Hoy Irán, ante la nueva realidad, ya fija tarifas a las naves que pasan por el susodicho estrecho.
No solo eso, las petromonarquías que dan soporte al petrodólar, a cambio de la seguridad que les brindaba Washington, hoy están desencantadas.
El hegemón no puede protegerlos de los misiles hipersónicos iraníes.
Muchas instalaciones petroleras y gasíferas han sido golpeadas, afectando la producción energética global.
Hoy se asoma un mayor uso del yuan para las transacciones petroleras.
Ese bloqueo (total, parcial o ficticio) daña la economía global. No sólo es el transporte de gas y petróleo. También afecta el traslado de fertilizantes para la producción agrícola, el transporte de alimentos, de productos manufacturados y otras materias primas.
Estados Unidos está entre los países más impactados por esta situación, empezando por un incremento considerable en el precio de la gasolina.
Washington venía de un proceso inflacionario permanente por las decisiones económicas de Trump, sobre todo por la política arancelaria que pagaba el consumidor final, el ciudadano de a pie.
El tema de Irán, que ellos pensaban resolver rápidamente, les agravó el problema.
Por ello, en los últimos días, crece la necesidad de resolver la situación con los persas.
Se habla de condiciones propuestas por Irán, de la contraparte propuesta por Washington. Pero la realidad es opacada por la diatriba en redes y medios de comunicación.
Lo que podemos sacar en claro es la posición persa que busca condiciones mínimas para asegurarse de que, en pocos meses, no volverán a ser agredidos.
Estados Unidos se afinca en que Irán no desarrolle armas nucleares y que Teherán no respalde a guerrillas como Hezbolá. También se habla de que le exige que frene su desarrollo misilístico, pero eso parece absurdo.
Todo lo demás es accesorio o forma parte de la parafernalia política. También habrá declaraciones de autoridades iraníes y norteamericanas para complacer a sus audiencias nacionales.
Trump necesita lograr pronto un alto al fuego, más allá de algunas escaramuzas, y mostrarlo como una victoria.
Decimos alto al fuego porque es muy posible que en unos meses se reanuden los ataques. Eso es así.
Es así porque, ya está claro, las decisiones norteamericanas al respecto no se toman en la Casa Blanca ni en su Congreso, se toman en Tel Aviv.
Y como Israel considera a Irán un enemigo existencial, como algunos teócratas israelíes creen en aquella fantasía del “Gran Israel”, una solución pacífica definitiva resulta muy difícil.
Entes como elComité Estadounidense–Israelí de Asuntos Públicos, (CEIAP) dominan la élite política norteamericana, allí el CEIAP tiene representantes demócratas y republicanos, amén de militares y miembros de la comunidad de la inteligencia.
La única posibilidad de sacudirse de aquel yugo sería que movimientos como el MAGA, que impulsó a Trump, y que hoy lo confronta por aquello de “Israel primero”, cobren tanta fuerza que modifiquen esta situación.
Mientras, la guerra en Oriente Medio sigue latente, el mundo esperó con expectativa la reunión de Donald Trump y Xi Jinping, entre el 14 y 15 de mayo.
Como era previsible el comercio ocupó un lugar destacado durante las conversaciones. Trump está bajo presión para asegurar concesiones económicas de Pekín antes de las elecciones de medio mandato en EE. UU.
La verdad es que no hay mucho en claro. Se habla de compras chinas a gran escala de aves de corral, carne de res y soja, se menciona un compromiso para adquirir 25 millones de toneladas métricas de soja durante los próximos tres años.
Pero nada en concreto sobre las restricciones tecnológicas y el acceso a minerales críticos, que siguen siendo temas controversiales.
En este tira y afloja, Pekín presiona para que se alivien controles de exportación sobre semiconductores avanzados y equipos de fabricación de chips, ya que esas restricciones perjudican el desarrollo tecnológico chino.
Pero en esas negociaciones China tiene una carta muy poderosa, una carta que puede usar, jugando con la necesidad, la ansiedad norteamericana, y es el tema de las llamadas tierras raras, vitales para la fabricación de vehículos eléctricos (Elon Musk es uno de los más preocupados) naves, dispositivos electrónicos, digitales, y, sobre todo, armas.
Por ejemplo, para fabricar un F 35, -algunos ya cayeron en la guerra contra Irán-, se necesitan unos 417 kg de materiales fabricados con tierras raras, tanto para el motor, como para los sistemas de control y radar. También para las aleaciones del fuselaje porque reducen peso y permiten resistir altas temperaturas.
En los últimos meses, y ante aranceles y acciones hostiles de Washington, Pekín decidió establecer controles más estrictos para los envíos de tierras raras; provocado algunas interrupciones a fabricantes estadounidenses.
A nivel diplomático, Pekín llegó con ventaja. Las expresiones iracundas de Trump lo han enemistado con líderes de países tradicionalmente aliados.
Tuvo un feo cruce de palabras y posturas con el primer ministro de Canadá. Desplantes con los mandatarios de Francia y Alemania.
No olvidemos la molestia que dejó en la Unión Europea por el tema de Groenlandia.
Hace poco se enzarzó en una discusión con el papa. Eso provocó que Giorgia Meloni, usualmente cercana a Trump, saliera en defensa del sumo pontífice.
Tampoco le va bien a Trump en el plano interno, las últimas encuestas muestran que un 66% de los norteamericanos desaprueban el manejo del tema Irán.
Un estudio del instituto demoscópico SSRS, efectuado entre el 17 y el 24 de abril, arrojó que un 71 % de los estadounidenses encuestados califican como «pobres» las condiciones económicas del país.
De otro lado, un 60 % aseguró que las políticas de Trump han aumentado el costo de la vida en su comunidad, También, el 69 % considera como muy o algo probable que el país entre en una recesión en el próximo año.
Así llegó Trump a la cumbre.
Por el contrario, Xi Jinping se encuentra en mejor situación. Se encuentra robustecido.
En cuanto a la política interna, el país vio como dos exministros de Defensa fueron condenados, por cargos de corrupción, a la pena de muerte, con un aplazamiento de dos años.
Esto se interpreta como un acto de lucha frontal contra la corrupción. Esta es una medida respaldada ampliamente entre su pueblo.
En la República Popular China nadie discute su liderazgo.
Esto se proyecta a la región y a escala global.
Xi Jinping, fiel a su paciencia estratégica, que tan buenos resultados le ha brindado, da pasos inteligentes en el tema de Taiwán.
Después de una década, el presidente de China, Xi Jinping, y la líder opositora de Taiwán, la presidenta del Kuomintang (KMT), Cheng Li-wun, se reunieron en Pekín, en el Gran Salón del Pueblo.
Este evento incomodó a Washington, al Occidente Colectivo,porque si bien el KMT no ejerce el gobierno en este momento, en dos años debe asumir la presidencia según estiman los especialistas.
El KMT tiene una fuerza institucional y política muy poderosa. Cuenta con la mayoría de representantes en el parlamento, domina la mayor parte de entidades regionales y locales.
Además, no perdamos de vista que la República Popular de China es un destino vital para las exportaciones taiwanesas. De otro lado, muchas fábricas taiwanesas tienen sus sedes en la República Popular de China.
En Taiwán, quienes leen con agudeza los acontecimientos globales, se están dando cuenta de que un enfrentamiento directo contra sus hermanos de Pekín sería funesto.
Más allá de algunos sectores focalizados y permeados por la propaganda norteamericana, por el trabajo de la CIA, la mayor parte de taiwaneses rechazan una guerra fratricida piden suavizar las tensiones.
Claro, en Washington el tema genera urticaria: primero porque dejarían de vender miles de millones en armamento, que es lo que ocurre cuando presionan para escalar las tensione; segundo, porque el tema de Taiwán le generaría cierto margen para presionar o negociar en mejores condiciones con China.
Pero, por lo visto, esto no funcionó. Equiparar la situación en Medio Oriente con el tema de Taiwán es un despropósito.
Los tambores de guerra están guardados, por lo menos actualmente.
Hay mucho interés de empresarios taiwaneses, que tienen buenas relaciones con China, en evitar una guerra. Tampoco hay predisposición en la República Popular de China.
Ellos no tienen apuro. Con su política de crecimiento y alianzas económicas han avanzado en su región y en el mundo entero.
¿Para qué apurarían una guerra? Ellos crecen en la paz, en la estabilidad.
En el interín, Rusia lanzó el misil más poderoso del planeta, el Sarmat, como para recordar quien domina en el tema militar, o como dicen influencers de nuevo cuño, quien es el GOAT («el mejor de todos los tiempos»).
De todos modos, el locuaz Trump pretende convencer al mundo de que esa reunión fue la más trascendental de los últimos 50 años, por lo menos.
Para los chinos no. Lo tomaron como una reunión más. De hecho, no hubo alfombra roja para Trump, ni el mismo Xi Jinping fue a recibirlo en persona, como ocurre cuando Valdimir Putin lo visita. O como cuando lo visitó el líder norcoreano, Kim Jong Un.
Más aún, Donald Trump no acababa de irse y Pekín ya anunciaba la visita del líder ruso.
El presidente ruso visitará China del 19 al 20 de mayo. La visita oficial se da por una invitación de Xi Jinping, coincidiendo con el 25.º aniversario de la firma del Tratado de Buena Vecindad, Amistad y Cooperación entre Rusia y China.
Eso no es casual. Parece un mensaje claro a quienes fantaseaban con que un personaje tan elemental, tan primario, como Trump, pudiera provocar una disolución en las relaciones entre Moscú y Pekín.
Ambos países tomaron nota de lo que Henry Kissinger logró hace más de 50 años. Difícil que caigan en el error de enemistarse entre ellos para acudir a Washington.
Yo prefiero quedarme con lo dicho por Marco Rubio, el secretario de Estado de EEUU, quien confesó que Washington esperaba la intervención de Pekín para que influyera en Teherán en el tema de la guerra que ellos e Israel desataron contra el país persa.
«Está en su interés [de China]resolver esta situación. Esperamos convencerlos de que desempeñen un papel más activo para lograr que Irán deje de hacer lo que está haciendo actualmente y lo que trata de hacer ahora en el golfo Pérsico», dijo a Fox News a bordo del Air Force One.
Rubio se quejó de las acciones iraníes en aguas del Pérsico, diciendo que desestabilizan Asia porque la región depende de las vías marítimas para el suministro energético.
Es decir, confiesa su derrota. Confiesa su necesidad de pedir ayuda al gigante asiático.
Lo demás es parafernalia.












