Interpretaciones sobre la distorsión absoluta de la idea de paz
Si queremos calibrar cuán relativo se torna cualquier concepto en estos tiempos de posverdad y noticias falsas, intentemos analizar, con algo de neutralidad, la designación de María Corina Machado como acreedora del Premio Nobel de la Paz.
Pongamos en la mesa de disecciones la noción de paz. Como muchas otras cuestiones, la paz tiene una definición positiva (lo que es) y una negativa (lo que no es). En el sentido positivo, la paz es un estado de equilibrio, estabilidad, tranquilidad, sosiego, concordia y respeto; en sentido negativo, es la ausencia de guerra o de violencia.
Pues bien, en cualquiera de esas dos definiciones es difícil hacer cuadrar la figura de Machado. Es más, si a uno lo apuran mucho, acabaría diciendo que ella encarna los antónimos de todas esas palabras definitorias: es promotora del desequilibrio, la inestabilidad, la intranquilidad, el desasosiego, la discordia, el irrespeto al otro; y es partidaria ferviente de la guerra y la violencia.
¿Puede decirse, entonces, que los jurados del Nobel decidieron premiar a alguien que representa lo contrario a la paz, la antipaz, si quisiéramos ilustrarlo con una palabra un tanto artificiosa? ¿Qué les pasó?, ¿se volvieron locos?
Una simple revisión de la historia del galardón nos permite responder que no se trata de una conducta inédita. El Nobel, en muchas otras ocasiones, ha sido otorgado a personajes muy reñidos con la idea de paz: guerreristas, camorreros, supremacistas raciales, genocidas. Luego, hay que decir que peca de ingenuidad quien esté esperando, año tras año, que ese premio sea una reivindicación de la paz, como estatus deseable de la humanidad.
En el pasado y en el presente, ha sido otro de los muchos mecanismos de dominación del norte sobre el sur global; una manera de imponer su modelo político, su modo de vida y sus tendencias culturales al resto del planeta.
Barrer bajo la alfombra los verdaderos conflictos
Otra lectura que tienen los premios que la vieja Europa otorga a figuras políticas del sur (el Nobel y varios más) es que pretenden servir para ocultar los verdaderos conflictos que sacuden al planeta, porque los gobiernos de ese continente, como parte del sistema de dominación mundial, son coautores o cómplices.
En el caso que nos ocupa, esto es clarísimo: en los últimos dos años se ha perpetrado un genocidio continuado y transmitido en vivo al resto del orbe. Si un ente internacional se ha arrogado, desde hace mucho tiempo, el rol de otorgar reconocimientos a los luchadores por la paz, debería poner la lente en las regiones del mundo en las que esta se ha perdido. Cabe suponer que el premio debe asignarse a quien haya luchado por la solución de una guerra.
Bajo esa premisa, este año, los jueces tenían muchas opciones para escoger, siendo la más notoria de ellas el genocidio que Israel comete contra Palestina. Desviar la atención más de 10 mil kilómetros y ponerla en Venezuela es, a todas luces, una maniobra distraccionista. Es barrer bajo la alfombra para ocultar los crímenes de lesa humanidad cometidos allá, en las narices de Europa y con el apoyo del poder imperial y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
Nulo impacto interno
Cuando se conoció el fallo del comité del Nobel de la Paz, la dirigencia partidista y mediática de la ultraderecha venezolana asumió su clásica actitud triunfalista. Voceros políticos, analistas, comentaristas e influenciadores coincidieron en que era un puñetazo decisivo contra el gobierno constitucional de Venezuela, que al presidente Maduro no le quedaba otra opción que rendirse y entregar el poder.
Como ha ocurrido en tantas otras oportunidades, el asunto fue muy sobrestimado por ese sector político. Dentro de Venezuela, no hubo nada de lo que esperaban los partidarios de Machado: ni un estallido de euforia popular ni mucho menos la activación de la violencia que, paradójicamente, algunos creyeron que traería aparejado el premio de la paz.
La indiferencia fue de tal magnitud que la legión de opinadores y generadores de contenido asociados a la extrema derecha tuvieron que lanzar la matriz de que el gobierno había censurado severamente el tema. La verdad es que la noticia ha recibido amplísima cobertura, solo que no en los términos laudatorios que esos factores políticos y comunicacionales estaban esperando.
Vergonzosos apoyos extranjeros
Fuera del país, el hecho tampoco tuvo la contundencia favorable que sus promotores habían calculado. Por una parte, numerosas individualidades y organizaciones fustigaron duro al jurado del Nobel por haber elegido a Machado, desdeñando a personas y grupos que murieron o se sacrificaron en Gaza.
Muchas personalidades e instituciones, por otra parte, criticaron la decisión, alegando que la premiada es una promotora de la invasión de su propio país y que, además, ha apoyado el genocidio palestino y las brutales medidas de Donald Trump contra los migrantes, entre ellos, centenares de miles de connacionales.
Las opiniones en contra dejan muy mal parada a la dirigente extremista, pero tal vez sean los apoyos los que le hacen más daño a su imagen de “mujer de paz”. Si empezamos por la vecina Colombia, salieron a aplaudirla “el Matarife” Álvaro Uribe y su mozo de espadas, Iván Duque, junto al resto del fondo de la sentina ultraderechista y paraca; lo mismo ocurrió entre los sectores más retrógrados de España y varias naciones del vecindario latinoamericano.
El detalle de que Trump aspiraba abiertamente al premio también ha hecho que los aliados de Machado en Estados Unidos tengan que moderarse en sus ovaciones para no incomodar al caudillo.












