El imperio en decadencia se torna aún más peligroso
El ataque contra Venezuela ha sido tan sostenido e intenso que a estas alturas, ya al cierre de 2025, algunos de los acontecimientos ocurridos en el año parecen remotos, como si hubiesen ocurrido hace mucho más tiempo.
Desde el intento de impedir la juramentación del presidente reelecto, Nicolás Maduro, en enero, hasta los robos a mano armada de buques petroleros, en la más candente actualidad de este diciembre el poder imperial y sus lacayos locales no han cesado en sus afanes de torcer el rumbo que Venezuela ha escogido, en ejercicio de su independencia y soberanía.
El plan de Estados Unidos es el mismo de siempre, evidentemente acentuado por dos factores: 1) el desespero de una élite que ha sido hegemónica y está dejando de serlo a pasos muy rápidos; y 2) las peculiaridades propias de un liderazgo primitivo, que no guarda ningún respeto por las formas.
Geopolíticamente en declive
Más allá de la bulla de Trump, amenazando al mundo entero con aranceles y pretendiendo ser el gran pacificador del planeta, el año cierra para EEUU, bajo su mando, en una posición muy precaria. Queda claro que la merma del poderío global estadounidense no es un producto circunstancial del gobierno anterior, como lo postula Trump, sino de una falla estructural del sistema imperial del que esa nación ha sido centro durante décadas.
Ya EEUU no es la superpotencia unipolar que fue, luego de la desintegración de la Unión Soviética; no es tampoco la meca industrial que fue durante casi todo el siglo XX; ni siquiera en su denostado “patrio trasero”, como siempre han llamado a Nuestra América, tienen la influencia política indiscutible que ejercieron por las buenas y por las muy malas.
Trump llegó de nuevo al poder con la idea de restaurar la hegemonía estadounidense en el mundo entero, pero le debe haber quedado más que claro que del dicho al hecho hay un gran trecho. Ese propósito tropieza con el surgimiento de potencias emergentes en lo económico, con China a la cabeza; y con la firme postura de Rusia, en rol de rival estratégico militar, plantada ante las pretensiones expansionistas de la Organización de Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
Es notoria la debilidad de EEUU tanto en el campo económico como en el geopolítico, y se ha expresado en el fracaso de las bravatas arancelarias de Trump, en la prolongación del conflicto de Ucrania, en el descrédito universal del genocidio en Gaza y, para orgullo nuestro, en la heroica resistencia de la República Bolivariana de Venezuela a todas las maniobras e infamias desplegadas durante el año, incluyendo un criminal asedio marítimo con ejecuciones extrajudiciales, provocaciones y sabotajes en el espacio aéreo y asaltos piratas a barcos mercantes.
El declive de la superpotencia imperialista merece celebraciones, pero, al mismo tiempo, es un motivo más para redoblar los esfuerzos orientados a la defensa nacional. Estamos ante una fiera herida y que ha ido quedando acorralada por sus propias ejecutorias políticas, de tal manera que ha resuelto jugarse las cartas de la violencia. EEUU en este tránsito hacia el 2026 es más peligroso que nunca.
El liderazgo peculiar de Trump
El imperio estadounidense siempre ha sido injerencista y belicoso, como lo demuestra la historia de intervenciones, invasiones y gestación de golpes de Estado en todo el planeta. Pero con un personaje nefasto como Trump en la Casa Blanca, la agresión se torna más directa, gangsteril y ramplona.
El mandatario republicano encabeza una corriente política de la peor estirpe supremacista, racista y depredadora de riquezas ajenas. En la pandilla de Trump, además, destacan numerosos enemigos jurados del proceso revolucionario bolivariano. ¿Qué podía salir bien en ese escenario?
Las razones contra Venezuela
Trump ha enfilado sus baterías contra Venezuela, tal como lo hizo en su anterior mandato, por varias razones, entre las que destacan dos.
La primera es que, en ese contexto geopolítico adverso, Venezuela es el “mal ejemplo”, la oveja tercamente descarriada, que ha resistido toda clase de injerencias a lo largo de 27 años. Mientras en otros países, las fuerzas de la derecha proimperialista han logrado quebrar a los movimientos populares o estos se han dividido o extraviado, acá han sido vanos todos los intentos en ese sentido. Para la camarilla ideológicamente recalcitrante que gobierna EEUU, es prioritario castigar esa rebeldía y someter al pueblo venezolano, aunque para ello tengan que recurrir a los peores métodos.
La segunda causa es tan obvia como la anterior: se trata de la riqueza petrolera del país, que las grandes corporaciones energéticas de EEUU quieren para sí. Es tan gigantesco el potencial de Venezuela en ese campo, que opaca al resto de los recursos minerales que el país posee y que el imperio en declive también quiere saquear y no desea compartir con China, el archirrival que ya los ha derrotado en tantos terrenos tecnológicos.
En los últimos días del año, en el patibulario lenguaje de Trump, se transparentó finalmente la razón económica imperialista, expresada en forma de una reedición de la Doctrina Monroe. Antes, a lo largo de un año de injurias y acciones criminales, EEUU intentó enarbolar argumentos insostenibles como el “terrorismo” del Tren de Aragua y el tráfico de drogas del “Cartel de los Soles”. Al menos en este último mes se han sincerado, y, como un nuevo síntoma de su decadencia, han llegado al extremo de la piratería naval. Ya veremos con qué nuevo giro comienzan el 2026.












