La agresión de EEUU y las respuestas de Venezuela copan la agenda informativa
La amenaza imperial continuada, que ya entra en su cuarto mes, sigue siendo el centro de la agenda informativa de Venezuela y también figurando en el debate internacional. Cada semana llega cargada con nuevos acontecimientos que alimentan la crónica de esta acción unilateral y guerrerista en una zona de paz, como lo es el mar Caribe.
Entre los acontecimientos más recientes que deben registrarse, y ser objeto de reflexión y discusión, está la actitud hostil del gobierno de la vecina Trinidad y Tobago, cuya primera ministra Kamla Persad-Bissessar se ha empeñado en demostrar una obsecuencia a toda prueba ante Washington. Ni siquiera los asesinatos de al menos dos de sus connacionales por los ilegales bombardeos estadounidenses de pequeñas embarcaciones hicieron que la funcionaria elevara algún tipo de protesta.
La vicepresidenta ejecutiva, Delcy Rodríguez, alertó oportunamente sobre una operación de bandera falsa que tenían planificada la Agencia Central de Inteligencia (CIA), presuntamente en complicidad con las autoridades trinitobaguenses, para justificar una acción bélica directa de EEUU contra territorio venezolano.
Asimismo, el gobierno nacional anunció la detención de varias personas vinculadas a la CIA, involucradas en esa acción y en otras con el mismo objetivo. Esto calza perfectamente con el anuncio reciente de que Donald Trump aprobó acciones “encubiertas y letales” de la CIA en territorio venezolano.
Este episodio de la ya larga trama fue acompañado por nuevas incursiones de aviones de guerra de EEUU en la zona de control de tránsito aéreo asignada al Aeropuerto Internacional Simón Bolívar (el llamado FIR Maiquetía), en labores de hostigamiento y con el mismo empeño de provocar una respuesta militar venezolana que les otorgue un casus belli para invadir, bombardear y saquear el país, tal como ya lo han hecho con tantos otros.
El antipatriotismo de la ultraderecha supera todo límite
En este contexto tan complejo, los dirigentes de la ultraderecha parecen envueltos en una aberrante competencia por la medalla del antipatriotismo.
La delantera la había tenido en los últimos meses María Corina Machado, quien alcanzó cotas elevadísimas en esta deplorable pugna luego de que le adjudicaran el Premio Nobel de la Paz, y ella no tuvo mejor ocurrencia que salir a reiterar sus llamados a que el país sea invadido y a hacer anuncios sobre las razias políticas que proyecta realizar cuando los invasores derroquen al actual gobierno y la entronicen a ella en el poder.
Machado perdió puntos en días posteriores al anuncio de su premio, luego de que Trump declarara no saber quién es ella, el mayor desprecio que se le puede hacer a una oligarca de rancia estirpe, que se cree el centro del universo. Para colmo de infortunios, en Oslo resolvieron que no habrá la habitual celebración del Nobel de la Paz porque la ganadora no parece ser alguien muy pacífica.
Otro sujeto de la misma laya (ultraderechista, hijo de papi y mami), Leopoldo López, trató de aprovechar esos tropiezos de Machado, cuando declaró, desde su cómodo “exilio” madrileño, que “ve con buenos ojos” una incursión militar de EEUU en territorio nacional. Este infame pronunciamiento generó el repudio no solamente de los chavistas, independientes y opositores moderados, sino también de muchos partidarios del extremismo, quienes ya comienzan a tomar conciencia de que una invasión estadounidense causaría gravísimas pérdidas humanas y materiales para todos, no únicamente para los miembros, militantes y simpatizantes del gobierno.
Contra López se ha propuesto la revocatoria de su nacionalidad, una sanción severa en defensa de la dignidad de un pueblo enfocado en ejemplar resistencia, pero que seguramente a gente como él no le causaría mayor inquietud, porque son antipatrióticos congénitos. El tema está en manos del Tribunal Supremo de Justicia.
¿Hace falta una mediación?
La agresión unilateral estadounidense, con su prontuario de ejecuciones extrajudiciales en aguas del Caribe, ha querido pintarse, en los escenarios diplomáticos y mediáticos, como una “tensión creciente entre dos países”.
Ese tipo de expresiones apunta a hacer ver que son dos actores internacionales que comenzaron, de pronto, a insultarse y mostrarse los dientes y los músculos. La realidad es que Venezuela no ha cometido ningún acto hostil contra EEUU y, por el contrario, ha sido sometida a agresiones económicas y de todo tipo desde hace ya más de una década. Ahora, ese ataque ha derivado hacia el campo militar.
Entonces aparece una figura como Luiz Inácio Lula Da Silva, el presidente de Brasil, a proponerse como mediador entre EEUU y Venezuela, algo que, de nuevo, tendría sentido si las intenciones de hacer daño al otro fueran mutuas. Pero, se trata de un ataque arbitrario de una superpotencia militar contra un país que ya antes ha sido bloqueado y sometido a un millar de medidas coercitivas unilaterales.
Y, en ese escenario, más que un mediador, se necesita alguien que llame al orden al agresor, que le ordene replegar sus tropas y cumplir las normas internacionales sobre seguridad en alta mar. Claro, eso solamente podrían hacerlo las Naciones Unidas, si ese organismo no estuviese, tristemente, sometido también a los caprichos del decadente imperio estadounidense.












