Por: Beatriz Rondón/Federico Ruiz Tirado
En la mitología griega vivían al acecho, mutuo, en Mesina; una especie de islote estrecho en el mar entre Sicilia y la península itálica.
Escila era un adefesio marino con seis cabezas y doce pies, que atrapaba a los marineros que navegaban; y Caribdis, que vivía en el lado opuesto del pequeño mar, era otro monstruo que se transformaba en un remolino haciéndose pasar por un monstruo fantástico, con apariencia menos brutal, pero le resultaba imposible ocultar su carácter letal.
En la Odisea de Homero ambos representan las figuras más terroríficas de la bota del Mediterráneo.
En estos tiempos las palabras son buenos refugios. Siempre han sido las armas que portamos los pacifistas. Pongamos eso que nos inquieta en un río de letras, en una cascada que pueda drenar todas las penitencias y lo sentirás. Un flujo de algo, de aguas de letras que pueda leerse tanto de arriba hacia abajo como de abajo hacia arriba, sin perder el sentido.
Para la quietud, las disonancias del viento. Escribamos en las páginas de piedras mojadas en espera de que las seque el sol.
En cada letra nacerá la paz, porque la piedra se vuelve papel, único amparo que la angustia no ahuyenta.
Se ablanda la piedra con el calor de la palabra, sana el dolor, espanta el temor de ser lapidada.
Bien voluntariosa es la palabra, anuda la redondez de la piedra. De sabiduría la palabra, fija en la memoria la enseñanza del paisaje.
Las palabras son nuestro mejor escudo en este tiempo histórico, sacudido por la codicia, el poder imperial, las redes venenosas que maltratan las neuronas y el sueño.
Que no nos de miedo nombrar, decir que debemos transformar la rabia y la indignación en ideas, en corrientes que sanen las heridas y mantengan su sentido frente a cualquier adversidad.
Escribimos sobre las piedras para que el sol de la justicia las seque.
Allí donde la palabra habita, la paz gana terreno. La dureza del conflicto se ablanda con el calor del diálogo y el arte, alejando el miedo. La palabra es sabia: rescata la enseñanza de nuestra tierra frente a un paisaje hoy desfigurado por el ataque cruel a nuestra soberanía, a nuestra patria sagrada.
En estas horas de calma punzante, respondemos al llamado del clarín para resguardar la memoria histórica. Ante la profanación de nuestro suelo, oponemos la verdad y la empatía. Hacemos un llamado urgente a los pueblos del mundo, no podemos ser indiferentes ante la barbarie que amenaza el equilibrio mundial. La mirada del conflicto se extiende, recordándonos que la lucha por la autodeterminación es una causa universal.
Defender nuestra verdad es defender la dignidad humana.
Ante el horror y el espanto, anteponemos la palabra como nuestro amparo y fortaleza de la verdad que no asiste.
Siempre haremos colectivos nuestros deseos para que Cilia y Nicolás regresen a la patria.












