Cuando Eugenio Suárez conectó ese batazo entre el jardín izquierdo y central, el tiempo se detuvo en cada rincón de Venezuela. En Miami, las más de treinta mil almas que vestían la tricolor saltaron al unísono mientras Javier Sanoja cruzaba el plato como una exhalación. En Caracas, Maracaibo, Valencia; en cada barrio y cada urbanización, el grito escapaba del pecho: ¡somos campeones del mundo!
Eran las 11:47 de la noche del 17 de marzo de 2026 cuando el árbitro cantó el último strike. Daniel Palencia, un muchacho de 24 años nacido en Zaraza, estado Guárico, levantó los brazos al cielo mientras sus compañeros lo arropaban con un abrazo colectivo en el centro del diamante del LoanDepot Park. La pizarra marcaba 3-2. Por primera vez en la historia, la camiseta vinotinto del béisbol se vestía de gloria mundial.
Lo que siguió no fue solo una celebración deportiva. Fue un estallido de orgullo nacional que recorrió el país como un latido compartido. Porque esta selección no solo ganaba un torneo: le devolvía a Venezuela la posibilidad de sentirse unida, de abrazarse sin preguntar colores políticos, de recordar que hay cosas que nos pertenecen a todos.
El camino había comenzado días antes, cuando nadie daba un centavo por este equipo. Venezuela llegaba al clásico mundial con la etiqueta de eterno prometedor, de país que produce grandes figuras pero que nunca lograba el título grande. Había que romper esa historia.
Y vaya que la rompieron…
En la fase de grupos, la novena criolla fue un vendaval. Paliza 11-3 a Israel, blanqueo 4-0 a Nicaragua, triunfazo 6-2 ante Países Bajos. La única mancha fue una derrota ajustada 7-5 frente a República Dominicana, pero para entonces ya estábamos clasificados.
Luego vino el partido que cambió la historia. Japón, el campeón defensor, el equipo que muchos consideraban invencible, cayó 8-5 ante el poderío criollo. Wilyer Abreu conectó un jonrón de tres carreras que retumbó en todo Miami. Y cuando Daniel Palencia dominó a Shohei Ohtani con un elevado, algo hizo clic en la mente colectiva: este equipo podía llegar hasta el final.
Italia fue el siguiente obstáculo, y cayó 4-2 en semifinales. Venezuela estaba en su primera final del clásico mundial. El rival: el anfitrión, Estados Unidos, con su estadio lleno, con su historia, con su poderío.
Pero lo que ellos no sabían es que ese estadio no era suyo ¡Era nuestro!
El LoanDepot Park parecía el Estadio Universitario de Caracas un domingo por la tarde. La marea tricolor era abrumadora. Cada vez que sonaba un hit venezolano, el estadio temblaba.
Eduardo Rodríguez, el abridor, entendió la magnitud del momento. Durante cuatro entradas y un tercio, el zurdo dominó a la poderosa ofensiva estadounidense como si estuviera lanzándoles a niños de ligas menores. Un solo imparable permitió. Cuatro ponches recetó. Y en la quinta entrada, cuando Wilyer Abreu desapareció la pelota del parque, el 2-0 parcial supo a gloria.
Pero Estados Unidos tenía figuras de sobra para responder. Bryce Harper, que durante una década ha sido el rostro del béisbol norteamericano, apareció en la octava entrada; se contaban dos outs cuando castigó un lanzamiento de Andrés Machado y la pelota se fue. Jonrón de dos carreras. 2-2. Silencio en las gradas venezolanas.
Pudo haber sido el golpe de knock-out. En otros tiempos quizás lo hubiera sido; pero este equipo tenía algo diferente, tenía una fe inquebrantable, tenía tambores en el corazón y tenía a todo un país empujando desde atrás.
Llegó la novena entrada. Luis Arráez, el hombre que batea como si tuviera un imán en el madero, negoció un boleto. Javier Sanoja, un muchacho de 22 años con la velocidad del rayo entró a correr; y se robó la segunda. En una jugada en el filo de la navaja, el joven se deslizó y la base fue suya.
Eugenio Suárez llegó al plato. El antesalista de los Marineros de Seattle había tenido una noche tranquila; pero los grandes momentos son para los grandes jugadores. El primer lanzamiento fue malo; el segundo también. El tercero, Garrett Whitlock lo mandó directo a la zona de strike y Suárez no lo perdonó; el batazo fue potentísimo, una línea que se fue elevando entre el jardín izquierdo y el central. Entonces Sanoja, desde segunda, corrió como si le fuera la vida en ello. El jardinero estadounidense llegó tarde. La pelota rebotó contra el muro. Para entonces, Sanoja ya había cruzado el plato y Suárez estaba en segunda con los brazos abiertos, señalando al cielo, sabía que la victoria estaba más cerca.
Daniel Palencia se encargó de la novena baja. Ponchó a Kyle Schwarber con una recta de 99 millas. Luego, con un slider de antología, recetó el último strike a Roman Anthony. El receptor Salvador Pérez atrapó la pelota, levantó el puño y el resto es historia.
«Esto es para todo el país«, dijo Suárez después, con la copa en las manos y lágrimas corriéndole por el rostro. «Para cada venezolano que ha luchado, que ha soñado con este momento. Esto es de ustedes«.
Un país paralizado por la alegría
Lo que ocurrió en Venezuela mientras ocurría el partido es difícil de explicar con palabras. El país se detuvo. Las calles quedaron vacías por tres horas. En las plazas públicas, gigantescas pantallas reunían a miles de personas que se abrazaban con desconocidos. En los hospitales, los pacientes que podían levantarse se reunían frente a los televisores. Todo un país coreaba cada hit como si estuvieran en el estadio.
Y cuando Suárez conectó ese doblete, Venezuela estalló de alegría.
Caracas se llenó de banderas. En Petare, en Catia, en El Silencio, en La Candelaria, la gente salió a las calles con tambores, con cualquier cosa que hiciera ruido. En Valencia, la autopista se convirtió en una caravana interminable de carros con la tricolor ondeando por las ventanas. En Maracaibo, el Puente Rafael Urdaneta se tiñó de vinotinto.
En Miami, los venezolanos residentes en Estados Unidos lloraban abrazados, en ese momento, todos estaban en casa. Porque Venezuela, la de verdad, la que alegra, estaba ahí, en cada abrazo, en cada lágrima, en cada grito.
Había algo que distinguía a esta selección de todas las anteriores. Algo que hacía que cada partido fuera una fiesta, que cada victoria supiera a celebración de la vida. Ese algo era el tambor.
Antes de cada partido, los jugadores se reunían en el camerino y bailaban. No era una coreografía ensayada, no era una pose para las cámaras. Era un ritual profundo, una conexión con la tierra, con la herencia africana que corre por las venas del venezolano. Era el mismo tambor que suena en Barlovento, en San Millán, en la costa de Aragua.
Ese relajo, esa alegría indomable, fue lo que conquistó al mundo. Mientras otros equipos salían serios, concentrados, casi militares en su rigidez, los venezolanos saltaban al terreno con una sonrisa, con la cadera suelta, con la certeza de que el béisbol, al final del día, es un juego. Y los juegos se disfrutan.
Incluso el coach Wilfredo Romero, antes de cada partido, elevaba una oración que hoy cobra un significado especial: «Permítenos Señor honrarte y permítenos jugar por una nación que nos necesita y necesita una buena noticia».
La nación recibió la mejor noticia de su historia deportiva…
Apenas unas horas después de la victoria, mientras el país seguía de fiesta, la presidenta encargada Delcy Rodríguez recibió el trofeo en el palacio de Miraflores. Lo trajo desde Miami la jefa de la Federación Venezolana de Béisbol, y la imagen del trofeo en la casa de gobierno fue el símbolo de que esta gesta trascendía lo meramente deportivo.
Rodríguez habló en cadena nacional y sus palabras buscaron sellar en el calendario oficial lo que ya estaba grabado en el corazón popular. Anunció dos medidas que buscan perpetuar la memoria de esta hazaña:
Primero, el 17 de marzo será declarado, mediante decreto presidencial, como el “Día Nacional del Béisbol”. Una fecha que a partir de ahora pertenecerá al calendario patrio, recordando para siempre la noche en que Venezuela se hizo gigante.
Segundo, la creación del “Paseo de las Estrellas” en Caracas, específicamente en la Plaza de la Juventud. Allí, cada uno de los jugadores, coaches y miembros del cuerpo técnico tendrán su espacio de honor. Un lugar donde los niños podrán ir a soñar, donde los adultos podrán recordar, donde Venezuela podrá rendir tributo perpetuo a sus héroes.
«He revisado sus redes sociales con la propuesta de crear en Venezuela un paseo para los campeones mundiales y está aprobado«, dijo la mandataria. Y anunció también que solicitará a las Grandes Ligas permitir que los peloteros viajen al país, «aunque sea un día, a abrazar a su pueblo».
En su discurso, Rodríguez desgranó los nombres de los artífices de la victoria: Eduardo Rodríguez, Daniel Palencia —declarado Hijo Ilustre de Cojedes—, Maikel García, el manager Omar López, Salvador Pérez, Miguel Cabrera, Ronald Acuña, Wilyer Abreu. Una mezcla de veteranía y juventud, de experiencia y frescura, que encontró en el terreno de juego la fórmula perfecta.
«Hemos demostrado que desde la contienda deportiva podemos competir«, añadió la Presidenta Encargada. «Eso es lo que queremos en las relaciones bilaterales con el gobierno de los Estados Unidos«.
Pero más allá de las declaraciones oficiales, más allá de los decretos y los paseos, lo que quedará para siempre es lo que ocurrió esa noche en cada rincón de Venezuela. La imagen del vecino abrazando al vecino sin importar de qué lado de la política esté. La del anciano llorando frente al televisor recordando a su padre, que tanto amaba el béisbol y no pudo ver este momento. La del niño durmiéndose abrazado a una réplica del trofeo.
Venezuela es campeón del mundo, nadie podrá arrebatarle al pueblo esta noche de gloria. Porque el béisbol, ese deporte que aprendimos de niños en cualquier calle, nos regaló el milagro de la unidad.
¡Que viva Venezuela! ¡Que viva el béisbol! ¡Y que viva por siempre el 17 de marzo!
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