El reporte revela una Venezuela que, a pesar de una polarización histórica, presenta una cohesión identitaria robusta y un rechazo mayoritario a las soluciones de fuerza. Existe un consenso pragmático: el país quiere estabilidad económica y paz, reconociendo la negociación como la única vía lógica, aunque aún desconfía de las formas en que se debate.
Lo más impactante es el 98,8% de orgullo nacional. Este dato no es solo cosmético; funciona como un seguro contra la desintegración social.
El 64,1% ve un futuro compartido por encima de la política. La cohesión no es ideológica, sino aspiracional: la familia, el trabajo («echar pa’lante») y la mejora económica (superando todos el 85%) son los verdaderos puntos de encuentro.
Hay una maduración en la percepción del conflicto. El venezolano ya no ve el diálogo como una traición, sino como una herramienta de supervivencia.
Un contundente 86,3% entiende que negociar no es rendirse. Además, el 79,9% acepta que ambas partes deben ceder para obtener un bien mayor.
El 77,4% teme que la violencia agrave los problemas actuales, y un 72,6% la rechaza explícitamente como método de cambio.
El 58,8% identifica correctamente que el lenguaje hostil es gasolina para el conflicto.
Resulta clave observar cómo la ciudadanía se distancia del ruido en redes sociales. Realidad vs. Algoritmo
Más de la mitad afirma que las redes sociales no reflejan su realidad. Esto sugiere que la polarización extrema que se ve en plataformas digitales es percibida como artificial o ajena al ciudadano de a pie.
Existe más del 84% que prefiere el acuerdo a la confrontación.
La población está más dispuesta a la flexibilidad de lo que suelen estar las cúpulas políticas.
Venezuela es hoy un país emocionalmente unido.












