Venezuela atraviesa hoy el capítulo más oscuro y, a la vez, más definitorio de su historia republicana. Lo ocurrido recientemente no fue una «operación de justicia», como pretenden vender las oficinas de propaganda en Washington; fue una incursión brutal, un bombardeo indiscriminado que ignoró colores políticos y que terminó con el secuestro de un presidente en funciones y de la Primera Combatiente Cilia Flores.
*El mito del «héroe sacrificado»*
La narrativa que intenta imponer el enemigo, esa que habla de una entrega negociada o de una rendición, choca frontalmente con la realidad del terreno.
Nicolás Maduro no se inmoló, pero tampoco huyó. Fiel a la doctrina de la «conciencia histórica» que heredó de Hugo Chávez, Maduro tomó la decisión más difícil para un líder: entregarse a sus captores para evitar una masacre de proporciones incalculables.
Es el mismo gesto del 4 de febrero y del 11 de abril. Es el sacrificio del hombre que sabe que su libertad personal es secundaria frente a la vida de su pueblo.
Junto a él, la figura de Cilia Flores emerge con una lealtad inquebrantable; su decisión de no permitir que se llevaran a Maduro solo, no es solo un acto de amor, sino un gesto de resistencia política y compromiso con un proyecto nacional que trasciende lo individual.
*La trampa de la «aplicación de la ley»*
El escenario diseñado por la Administración Trump es cínico. Al «descabezar» el Ejecutivo pero permitir que el resto del equipo ahora bajo la conducción constitucional de Delcy Rodríguez, continúe en funciones, Washington intenta desesperadamente evitar el juicio político en su propio Congreso. Buscan disfrazar un cambio de régimen ilegal como una «operación policial».
Sin embargo, los datos desmienten el expediente. Informes de la propia DEA y reportes de la ONU sobre tráfico de drogas han negado sistemáticamente vincular a Maduro con las acusaciones que hoy se le imputan. Si de algo se puede acusar a Nicolás Maduro, es de haber resistido una década de bloqueo criminal, de haber repatriado niños y defendido migrantes, y de no haber entregado nunca las llaves de Miraflores a intereses extranjeros.
*Una calma que no es rendición*
Mientras el país asimila el impacto del bombardeo, la calle habla. Las movilizaciones no son solo de un partido; son de un pueblo indignado ante la violación de su soberanía. La designación de Delcy Rodríguez como presidenta encargada no debe leerse como la aceptación de una ausencia, sino como la activación de los protocolos de resistencia.
Como bien reza la consigna: «si cae uno, otro levantará su bandera».
El petróleo sigue siendo venezolano y la soberanía no se discute. Hoy, Nicolás Maduro y Cilia Flores son los presos políticos más importantes del planeta. Desde Moscú hasta Pekín, y desde las calles de Caracas hasta las capitales de Europa y América Latina, el clamor es unísono.
Este «paso en falso» del imperialismo, lejos de quebrar la moral del chavismo, ha cimentado una unidad nacional basada en la dignidad. El enemigo cree tener a un hombre prisionero; lo que no entienden es que han convertido a un líder en un símbolo global de resistencia. Más temprano que tarde, la verdad se impondrá sobre el falso expediente, y la justicia sobre la fuerza bruta.












