Por: Carola Chávez
Desde siempre, el relato antichavista ha sido descalificador y criminalizador, no solo contra el gobierno y sus políticas sino contra los millones de personas que militamos o nos declaramos chavistas. Después del 3 de enero y en toda la movida nacional de diálogo, reconciliación para consolidar la paz, este relato pretende imponerse como si fuera la historia.
Uno lee y escucha a los opositores hartos de la sifrinocracia, de las manipulaciones y peligrosos atajos que nos trajeron hasta aquí, jurándose no ser más nunca pieza de ese engranaje de trampas y corrupció n y muy sumados a la contrucción nacional que impulsa nuestra presidenta Delcy. Todo bien en cuanto a deseos, pero cuando entran en materia patinan en el mismo relato torcido que en líneas generales dice que el chavismo no es democrático, que el chavismo destruyó al país hundiéndolo en un caótico mar de dificultades.
Esa visión sesgada pretende imponerse ignorando selectivamente sabotajes, recurrentes periódos de violencia callejera, guerra económica, sanciones, gobierno paralelo, atajos fallidos de todo tipo que produjeron pérdidas de vidas, tiempo, producción y, por supuesto, de ingresos. Todos estos apoyados por la oposición hasta que fracasaban y llegaba la amnesia.
Referirse a mejores tiempos pasados y narrarlos con alegría hasta que sacan cuentas y descubren que toda esa alegría se ubica en 2007. Corto circuito porque 2007 fue un año horrible, culpechávez, aunque la encuesta mundial de Gallup nos declaraba como el país más feliz del mundo. Maldito Gallup que seguro la compró Diosdado, «estamos contigo para siempre, RCTV», ¡calle, calle y más calle!
Entiendo que pasaron muchos años secuestrados en ese monopensamiento que impone la sifrinocracia y que exige una postura inflexible de rechazo a cualquier política del gobierno, negación de los logros y sufrimiento permanente aunque estuvieras campaneando un mojito en la playa, «luto activo», pues. Bailar tristes. Esa visión demócrata y libertaria que perseguía vecinos que fueran considerados «sapos» y sapo era cualquiera que se quejara de no poder salir de su casa en dos meses por culpa de la guarimba. Entiendo el miedo de ser tratados como nos trataron a los chavistas, pero si vamos a avanzar, avanzamos todos o no avanzará nadie.
Porque pretender avanzar consolidando un relato torcido y lleno de omisiones que criminaliza no solo a el gobierno, sino a los millones de personas que lo apoyamos; pretender invisibilizar el gentío que somos, o peor, pretender minimizarnos desde la misma óptica que los llevó a tantas derrotas por error de cálculo y que nos dibuja como una masa de gente bruta, pedigüeña y floja; pretender borrar la historia a favor de un relato parcial, chucuto y mentiroso, no habla muy bien de la verdadera voluntad de reconciliación.
Si nosotros reconocemos errores públicamente, si nosotros públicamente sabemos pedir perdón cuando hay que hacerlo, por el bien del país entero esperamos que los otros hagan su examen de conciencia y procedan a admitir su parte. Es que estoy convencida de que quien no reconoce sus fallas es muy propenso a repetirlas, porque ¿cómo contenerte de hacer algo que has hecho muchas veces y que no consideras errado?
Estos son tiempos que no admiten soberbia ni mezquindades. Venezuela nos exige la valentía del alma abierta, libre de maquillajes, calculitos o tapujos. Revisarse, reconocer fallas, entender que el adversario también cuenta víctimas, más aún que las víctimas son de todos y que a todos nos duelen. Revisarse minuciosamente y corregir para poder avanzar con el corazón puesto en nunca más transitar atajos que nos separan del camino de todos.
Honestos, claros y valientes, así nos necesita Venezuela. Venezuela nos necesita unidos, no contándono s cuenticos chucutos












