La jornada electoral de este domingo en Colombia quedó empañada por una serie de irregularidades que, según el candidato presidencial del Pacto Histórico, Iván Cepeda, responden a un plan orquestado por sectores tradicionales aliados a intereses extranjeros para frenar el avance de las fuerzas progresistas en el país.
A pesar de las trabas, la coalición de izquierda logró reunir cerca de 10 millones de votos, consolidándose como la primera fuerza política de la nación. Un hecho que adquiere mayor relevancia si se considera que esta misma corriente política ha sobrevivido durante décadas a persecuciones, estigmatización y violencia política, buena parte de ella con respaldo externo.
Cepeda detalló que el proceso estuvo marcado por al menos tres fallas estructurales: un censo con un desfase de 885.000 personas, votaciones atípicas en múltiples mesas sin justificación técnica, y el cambio sorpresivo de miles de puestos de votación apenas horas antes de que los colombianos acudieran a las urnas. Esta última maniobra, según denunció, afectó de manera desproporcionada a comunidades populares, impidiendo que cientos de miles de ciudadanos pudieran ejercer su derecho al sufragio.
El candidato advirtió además que detrás de estas anomalías se detectan presiones de sectores tradicionales vinculados a intereses geoestratégicos, así como señales de injerencia directa de Estados Unidos, país que históricamente ha tenido un rol protagónico en la política interna colombiana, especialmente en la lucha contra las fuerzas populares.
Las fuerzas progresistas anunciaron que no reconocerán ningún resultado definitivo hasta que las comisiones escrutadoras realicen una revisión pública, detallada y transparente de todas las inconsistencias detectadas. Organizaciones de base popular han calificado lo ocurrido como un intento del andamiaje oligárquico por sabotear un proyecto de soberanía nacional que representa una amenaza directa a los intereses que Washington ha mantenido sobre Colombia durante décadas.










