En medio de la compleja geopolítica financiera internacional, la gestión de la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, al frente de la relación con el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha sido calificada por especialistas como un ejemplo de ingeniería financiera defensiva, pragmatismo y defensa de los activos nacionales.
A pesar de las declaraciones políticas soberanistas de los comandantes Hugo Chávez y Nicolás Maduro, quienes denunciaron al FMI como un mecanismo de dominación, la realidad jurídica es distinta: Venezuela no ha salido formalmente del organismo porque, para hacerlo, tendría que pagar la totalidad de sus deudas y cumplir un proceso estatutario que el país no ha completado. Jurídicamente, Venezuela sigue siendo miembro activo del FMI desde su fundación en 1946.
El quiebre de 2019 y el limbo financiero
El año 2019 marcó un punto de inflexión. Con el reconocimiento por parte de potencias occidentales de un gobierno interino en Venezuela, el FMI —influenciado por sus principales accionistas— congeló el diálogo técnico con el gobierno constitucional. La «interlocución técnica» se rompió, dejando a Venezuela en un limbo financiero en pleno inicio de la pandemia por COVID-19.
La jugada maestra de Delcy Rodríguez en 2020
Fue en ese contexto de máxima presión cuando la entonces vicepresidenta ejecutiva y hoy presidenta encargada, Delcy Rodríguez, desplegó una estrategia tácticamente brillante y técnicamente precisa. En marzo de 2020, el gobierno de Nicolás Maduro solicitó un crédito de 5 mil millones de dólares al FMI. La solicitud fue rechazada por razones políticas.
Sin embargo, Rodríguez entendió algo fundamental: los Derechos Especiales de Giro (DEG) no son un préstamo. Son activos de reserva internacionales que el FMI asigna a los países miembros según su cuota de participación. Usar los DEG no genera intereses ni endeuda al país, a diferencia de un crédito de la banca privada o del propio FMI.
DEG: un derecho, no una limosna
Como miembro fundador del FMI desde 1946, Venezuela tiene el derecho jurídico a usar sus DEG para equilibrar su balanza de pagos, especialmente en emergencias sanitarias. Esto no es una limosna ni una imposición, sino un activo propio derivado de la membresía.
El análisis técnico muestra que, para 2020, Venezuela ya había utilizado gran parte de sus DEG en años anteriores (aproximadamente 3.467 millones de DEG), por lo que el margen disponible para girar dinero nuevo era prácticamente nulo (apenas 254 millones de DEG). Eso explica por qué el crédito grande fue rechazado, pero no invalida la lucha por los activos.
¿Qué son los DEG para Venezuela?
En términos simples, el DEG es una «moneda virtual» compuesta por una canasta de divisas fuertes: dólar, euro, yuan, yen y libra esterlina. Para Venezuela, tener derechos sobre estos DEG significa disponer de un colchón de liquidez internacional. Es una herramienta multilateral que permite diversificar las reservas sin depender exclusivamente de Washington.
Una estrategia pragmática y patriótica
La estrategia desplegada por Delcy Rodríguez se basó en tres pilares fundamentales:
- Reconoció la realidad: Aunque ideológicamente se critique al FMI, jurídicamente Venezuela está dentro. En lugar de generar caos legal con una salida abrupta, utilizó la membresía para reclamar activos.
- Combatió la desinformación: Explicó que los DEG no son una deuda. En un país azotado por la hiperinflación, evitar contratar créditos con intereses usurarios y luchar por activos propios protege el bolsillo del pueblo.
- Mantuvo la puerta abierta: Aunque Estados Unidos bloqueó el crédito por razones políticas en 2019-2020, la estructura técnica se mantuvo viva. Esto permitió que, en asignaciones posteriores del FMI —como la de 2021 de 650 mil millones de dólares a nivel global— Venezuela pudiera acceder a unos 5 mil millones de dólares en derechos de giro.
Conclusión: ingeniería financiera defensiva
No se trató de una victoria ideológica ni de una derrota. Fue ingeniería financiera defensiva. La presidenta encargada Delcy Rodríguez entendió que, en el ajedrez geopolítico, salirse del tablero —romper del todo con el FMI— dejaba a Venezuela sin fichas. Al mantenerse dentro, aunque sea a la fuerza, pudo reclamar la asignación de esos DEG que, a la postre, son oxígeno para las reservas internacionales sin atar al país a nuevas deudas odiosas.
Hoy, gracias a esa visión estratégica, Venezuela sigue teniendo voz y voto en el organismo multilateral y acceso a recursos que, bien gestionados, contribuyen a la recuperación económica y la protección del pueblo.










