Más allá de la religión: cómo intereses imperiales, recursos estratégicos y narrativas manipuladas han moldeado la violencia y el caos.
Gaza bajo fuego: la geopolítica detrás de la catástrofe humanitaria.
En septiembre de 2025, Gaza vive una de las peores crisis humanitarias de su historia reciente. Más de 64.800 palestinos han muerto y 164.500 han resultado heridos desde el inicio de la ofensiva israelí, que se intensificó tras la ruptura unilateral del alto el fuego en marzo. La Ciudad de Gaza, epicentro del enclave, se encuentra bajo asedio total, con órdenes de evacuación masiva que han empujado a cientos de miles de personas hacia el sur, donde la superpoblación y la escasez de recursos agravan el sufrimiento.
Los bombardeos sistemáticos han destruido decenas de edificios residenciales, hospitales y centros de distribución de alimentos. La ONU advierte que “la situación empeora cada hora” y denuncia que mujeres están dando a luz en las calles, sin acceso a atención médica. Más de 12.000 niños padecen desnutrición aguda, mientras las rutas humanitarias permanecen bloqueadas.
En medio de este escenario, la comunidad internacional debate entre condenas diplomáticas y propuestas de sanciones, pero evita calificar oficialmente la situación como genocidio. La narrativa oficial israelí justifica la ofensiva como una acción contra Hamás, mientras líderes desplazados del grupo han sido atacados incluso durante negociaciones de paz en Doha.
Este contexto de violencia extrema y desplazamiento masivo no puede entenderse únicamente desde una óptica religiosa. Lo que ocurre en Gaza es el resultado de decisiones geopolíticas, intereses estratégicos y alianzas internacionales que han instrumentalizado el conflicto para fines que trascienden la fe. Gaza arde, pero no por dogmas: arde por poder.
Durante décadas, el conflicto entre israelíes y palestinos ha sido presentado como una disputa religiosa entre judíos y musulmanes. Sin embargo, esta narrativa simplista oculta una compleja red de intereses geopolíticos, económicos y estratégicos que han moldeado la historia de la región desde el siglo XX. Para entender el presente —incluyendo el sufrimiento en Gaza y los ataques de ambos lados— es necesario mirar más allá de la religión y examinar los verdaderos motores del conflicto.
La Declaración Balfour: ¿Un gesto humanitario o una jugada imperial?
En 1917, el gobierno británico emitió la Declaración Balfour, en la que expresaba su apoyo al establecimiento de un “hogar nacional para el pueblo judío” en Palestina. Aunque presentada como un acto de solidaridad con el pueblo judío, muchos historiadores sostienen que esta declaración fue parte de una estrategia imperial británica para consolidar su influencia en Medio Oriente.
Palestina como enclave estratégico: Ubicada entre Egipto y Mesopotamia, Palestina ofrecía acceso al canal de Suez y servía como corredor hacia los campos petroleros de Irak e Irán.
Control del petróleo: A principios del siglo XX, el Reino Unido ya había asegurado el control de la Anglo-Persian Oil Company. La expansión hacia Palestina respondía a la necesidad de proteger rutas energéticas clave.
Sionismo como aliado imperial: El movimiento sionista ofrecía una fuerza política leal que podía facilitar el control británico en una región mayoritariamente árabe y musulmana.
Corporaciones, recursos y fronteras artificiales.
Tras la Primera Guerra Mundial, las potencias europeas se repartieron el territorio del antiguo Imperio Otomano mediante acuerdos como Sykes-Picot y la Conferencia de San Remo. Estas decisiones no respondieron a realidades culturales o religiosas, sino a intereses económicos y coloniales.
Fronteras impuestas: Las nuevas fronteras ignoraron las dinámicas locales, sembrando tensiones que persisten hasta hoy.
Mandatos coloniales: El Mandato Británico sobre Palestina permitió a Londres establecer una presencia duradera, mientras favorecía la inmigración judía y marginaba a la población árabe local.
Acceso a recursos: Aunque Palestina no era rica en petróleo, su control era vital para asegurar el acceso a los yacimientos de la región.
El conflicto actual: ¿Religión o geopolítica?
La narrativa religiosa ha sido útil para simplificar el conflicto y desviar la atención de sus causas estructurales. Sin embargo, la lucha palestina es por territorio, derechos y soberanía, no por religión. Los ataques de grupos armados como Hamas tienen raíces políticas y sociales, aunque se expresen en lenguaje religioso. La política israelí de asentamientos, bloqueos y bombardeos responde a objetivos estratégicos, no a mandatos bíblicos.
¿Por qué se insiste en la narrativa religiosa?
Despolitizar el conflicto, presentarlo como una guerra de credos oculta las responsabilidades políticas de actores internacionales. Justifica intervenciones externas donde las potencias occidentales han usado la religión como excusa para apoyar a uno u otro bando según sus intereses. Es una manera de dividir y polarizar con el uso de la religión que moviliza emociones, lo que facilita la manipulación de la opinión pública.
El conflicto en Palestina no es un choque de religiones, sino el resultado de más de un siglo de decisiones políticas, intereses económicos y estrategias imperiales. Reconocer esta realidad es esencial para construir una narrativa honesta y avanzar hacia una solución justa. Mientras se siga ocultando la raíz geopolítica del problema, el sufrimiento —como el que se vive hoy en Gaza— continuará siendo normalizado y malinterpretado.
Reducir el conflicto israelí-palestino a una mera disputa religiosa es no solo una simplificación peligrosa, sino también una forma de encubrir las verdaderas dinámicas que lo sostienen. Como se ha evidenciado a lo largo del siglo XX, las decisiones tomadas por potencias extranjeras, los intereses energéticos, las estrategias imperiales y la manipulación de fronteras han sido los pilares sobre los que se ha edificado esta tragedia prolongada. La religión, si bien presente en el discurso, ha sido instrumentalizada para justificar acciones que responden a cálculos geopolíticos mucho más profundos.
Reconocer esta dimensión es un paso crucial para desmantelar narrativas que perpetúan el conflicto y para abrir espacio a soluciones que consideren la justicia histórica, el respeto a los derechos humanos y la autodeterminación de los pueblos. Mientras se mantenga el velo religioso como explicación dominante, se seguirá alimentando la polarización, la desinformación y el sufrimiento de millones. Mirar más allá de la religión no es negar su existencia en el conflicto, sino entender que no es su causa principal.










