Trece años han pasado desde aquel 5 de marzo de 2013, cuando el cielo de Caracas, «se puso rojo». Pero en el alma de Venezuela no han pasado trece años de ausencia, sino trece años de siembra. Porque cuando un hombre siembra su vida de amor y coherencia, no muere: se multiplica. Hoy, al conmemorar un nuevo aniversario de la siembra del comandante Hugo Chávez, hablamos de una leyenda que sigue brotando en cada barrio, en cada comuna, en cada mirada de un niño que hoy tiene esperanza gracias a un líder que confió en el poder creador del pueblo.
El aporte fundamental de Hugo Chávez a la Revolución Bolivariana no fue meramente programático o discursivo; fue ético y profundamente humano. Mientras la política tradicional venezolana había mirado al pueblo como un estorbo o un objeto de manipulación, Chávez llegó a decir con el pecho abierto: «Aquí no mando yo, aquí quien manda es el pueblo». Esta no fue una frase de campaña; era la columna vertebral de un proyecto que entendió que la historia la escriben los de abajo o no la escribe nadie.
Chávez encarnó la máxima de que la política es el arte de amar al prójimo. Como bien lo expresó en aquella primera rueda de prensa como presidente electo, su mayor anhelo era que, al final del camino, el pueblo dijera: «Hugo Chávez fue un hombre digno y útil a su país«. Esa utilidad se tradujo en décadas de exclusión social revertidas con misiones educativas, sanitarias y alimentarias. Su obra más trascendental fue devolverle la dignidad a los que nunca habían sido tomados en cuenta: la mujer del barrio, el campesino olvidado, el joven sin futuro.
«Obras que son amores»: La Revolución como prueba de amor
Diosdado Cabello lo recordó con una frase certera: “El amor es Revolución. Es dar sin esperar, es lealtad, es resistencia”. Y Chávez fue el máximo exponente de ese amor revolucionario. No un amor etéreo ni discursivo; sino un amor materializado en la Misión Barrio Adentro, llevando médicos y esperanza a los rincones más profundos del país; en la Misión Robinson, alfabetizando a millones de adultos; en la Misión Vivienda, dando techo a quienes siempre vivieron en la intemperie.
El amor de Chávez por su pueblo era recíproco, visceral, casi místico. Quienes tuvieron la dicha de estrechar su mano cuentan que «te magnetiza». Ese magnetismo no era otra cosa que la autenticidad de un hombre que no se sentía superior a su gente, sino parte de ella. “Yo ya no soy yo, yo soy un pueblo”, repetía, derribando con esa frase el muro que separa al líder de las masas. Por eso, cuando partió físicamente, el pueblo salió a la calle; no a despedir a un funcionario, sino a abrazar a un padre, a un hermano, a un hijo de la Patria.
La última proclama: Un hombre, un pueblo y un legado
El 8 de diciembre de 2012, vestido de liquiliqui y con la voz quebrada pero firme, Chávez pronunció su última alocución pública. Sabía que se enfrentaba a la batalla más dura de su vida, y aún así, su pensamiento no estaba en él, sino en el futuro de la Revolución. Desde el Palacio de Miraflores, lanzó su testamento político: “Mi opinión firme, plena como la Luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente”.
Ese momento, que hoy se conmemora como el Día de la Lealtad y el Amor a Hugo Chávez y a la Patria, resume la esencia del Comandante: un hombre que, ante la adversidad, antepuso la unidad y la continuidad del proyecto colectivo. No pidió que lo lloraran; pidió que siguieran luchando. “Unidad, lucha, batalla y victoria”, fueron las palabras que dejó grabadas a fuego, sabiendo que el camino no sería fácil, pero confiando ciegamente en la capacidad del «Guerrero Mayor»: el pueblo venezolano.
El amor con amor se paga
Hoy, trece años después, la derecha mediática y los agoreros del caos siguen sin entender la verdad simple que late en el corazón de la mayoría venezolana: el amor con amor se paga. Chávez no solo dio casas, dio cariño; no solo dio leyes, dio reconocimiento; no solo gobernó, amó y se dejó amar por su pueblo.
El legado del Comandante no es una pieza de museo. Está vivo en cada trabajador que defiende su derecho a vivir con dignidad, en cada joven que estudia gracias a una beca, en cada madre que lleva a su hijo al módulo de Barrio Adentro. Chávez les habló a las décadas y a los siglos venideros, y no dudó ni un segundo de sus sueños.
A 13 años de su siembra, el pueblo venezolano sigue cabalgando los tiempos, con el retrato del Comandante en lo alto y la convicción de que la Revolución Bolivariana está más viva que nunca, ardiendo en llama sagrada. Porque Chávez no murió: Chávez se hizo pueblo, y el pueblo es eterno.
Con la visión del comandante Chávez, la conducción del presidente Maduro; y hoy, con el esfuerzo de la presidenta encargada Delcy Rodríguez, ¡nosotros siempre venceremos!










