Hay aves que pasan a la historia porque tienen un brillo áureo, como si hubiesen sido rociadas de polvo de oro. En la Abya Yala, nombre originario de América, el quetzal es el “dios del aire”, y símbolo de la libertad, la bondad y la luz. El quetzal suele esconder sus grandes hazañas posando sobre los acantilados de bosques nublados y lluviosos y altas montañas. Para los poetas guatemaltecos Otto Raúl González y Francisco Morales Santos, el quetzal es “mito, leyenda, humo verde, pájaro de fuego y esmeraldas. Copa de ajenjo y de rubíes, lanza desnuda y hoja de maíz que corona la frente patria”. En las lenguas ancestrales, quetzal significa sagrado, precioso, erigido. Esta ave solía cantar hermosamente antes de la invasión española y dicen los pueblos que cantará otra vez cuando la tierra esté libre de verdad. En este sentido, el poeta Félix Calderón Ávila nos dice que el quetzal es “augur de los altivos gladiadores que defendieron palmo a palmo el suelo, cuando envolvió a la América el anhelo devastador de los conquistadores”.
En la mitología griega, el fénix es un ave de larga vida que se regenera de las cenizas de su predecesor. Lope de Vega le escribe: “fénix, a quien el bárbaro tirano pensó abrasar las alas inmortales, de cuyo fuego a nueva vida sales” y Francisco de Quevedo nos dice que “de esas cenizas, fénix nueva espera, y de ese fuego, luz de gloria clara, y de esa luz, un sol”. La muerte del fénix es un espectáculo de llamas y combustión.
El domingo 27 de marzo de 1977, el Orfeón Universitario de la UCV, cual ave fénix renació de la mano de los maestros Raúl Delgado Estévez y Graciela Gamboa. El Aula Magna fue testigo de un público que desbordó su aforo para sentir un concierto legendario. Un cuatrista lo acompañó, el maestro Orlando Gámez Arismendi. Yo contaba con 12 años de edad y estaba allí al lado de Maira, mi hermana, que años después sería mandolinista de la Estudiantina Universitaria, y de mi papá. Por primera vez lo vi llorar cuando los loros de Pizani entonaron el brioso poema de Tomás Alfaro Calatrava y Luis Pastori y música de Evencio Castellanos convertidos en el Himno Universitario.
La voz plural más conmovedora de la universidad es como el quetzal: en el modelado de la naturaleza su troquel es único. Ese día supe que nuestro mundo de azules boinas tiene un cielo lleno de nubes de Calder que abrigan al campesino que está en la tierra, al marinero que está en el mar y al miliciano que va a la guerra con un canto infinito de paz, pero también un rey rubio que cruza el azul con su diadema de oro; un llano que agazapado como tigre en acecho caza el enorme sol; unas sendas de la tarde de oro y rosa bajo el sol postrero; una vida llena de crepúsculos que nos hacen llorar porque hay soles que pártense y no vuelven jamás; unos besos que van en esos barcos graves que corren por el mar hacia donde no llegan y un mar que, como nuestro orfeón caído en las Azores -en la amarga infinitud de su latir sangriento-, siente el color uniforme del olvido.
El ave fénix es un símbolo mitológico milenario de renacimiento, inmortalidad y transformación. Según la leyenda, esta ave se consume en llamas tras 500 años de vida y resurge de sus propias cenizas, representando la superación de adversidades, la esperanza y la capacidad de transformación, especialmente en la mitología griega, egipcia y en la literatura. El ave fénix es símbolo de esperanza, prudencia, memoria y renacer, es un ave milagrosa que siente la muerte y la prepara con serenidad para después resurgir de sus cenizas incólume y vigorosa.
La tradición indígena recuerda al quetzal en una fértil pradera de Petén. Cuentan que en esta tierra apareció cierto día un enjambre de mariposas que revoloteaban caprichosas entre los rayos del sol y al acorde de la música de los pájaros. Fatigadas abatieron su vuelo, se posaron en el lugar más pintoresco y florido, y desaparecieron. Allí, en el mismo sitio, surgió un árbol soberbio, de un raro y atrayente encanto. Y allá, en lo más alto de su copa opulenta, apareció, para coronar su esplendor, el quetzal, como si fuera hecho de las alas de las mariposas desaparecidas. ¿Serán las mismas mariposas amarillas de Mauricio Babilonia o serán aquellas que salen a gozar de la mañana?












