Reflexiones sobre la Ley de Amnistía
La incesante guerra cognitiva contra Venezuela, acentuada después del bombardeo del 3 de enero, pretende hacer ver que todo lo que ocurre en el país es producto de las órdenes de la potencia agresora, Estados Unidos.
Entre esos aspectos se cuentan las excarcelaciones de personas procesadas por hechos de violencia callejera y desestabilización política, y la anunciada Ley de Amnistía que abarcará el período desde 1999 hasta la actualidad.
Mucha gente sucumbe ante esas matrices de opinión, pero si se hace una revisión histórica detallada se hace evidente que se trata de una gran manipulación, pues hay pocas cosas más características de la Revolución Bolivariana y del chavismo, como sentir social, que perdonar los delitos y las traiciones.
La escena del crucifijo
Como en tantos otros aspectos, la pauta la marcó el líder fundamental, el comandante Hugo Chávez, en un momento absolutamente crucial de la historia venezolana del siglo XXI: la madrugada del 14 de abril de 2002, cuando retomó las riendas del gobierno, tras ser derrocado mediante un golpe de Estado modelo CIA, con componente petrolero, oligárquico y mediático.
Chávez regresó sobre los hombros del pueblo civil y militar, configurando un hecho sin precedentes, pues los golpes de Estado manufacturados por EEUU siempre habían sido irreversibles. Y lo han seguido siendo, luego de ese episodio épico de las luchas populares nuestroamericanas y del Sur global.
Con semejante respaldo, el comandante pudo haber retornado cortando orejas y rabos, como suele decirse. Si él hubiese ordenado una escalada represiva contra los conjurados, nadie se habría extrañado, entre otras razones porque en las breves horas que las fuerzas reaccionarias estuvieron en el poder habían desatado persecuciones ajenas a la ley. Además, a través de los medios golpistas se instigaba incluso al linchamiento de los dirigentes bolivarianos.
Pero Chávez hizo lo contrario: llamó a la calma, aplacó los ánimos exaltados y levantó el crucifijo del perdón. Con ese gesto estableció un patrón de comportamiento que se ha repetido de manera cíclica, uno que hace evocar al Libertador Simón Bolívar en el Manifiesto de Cartagena, cuando dijo que “a cada traición sucedía un perdón, y a cada perdón sucedía una nueva traición que se volvía a perdonar«.
El circo de Altamira y el paro petrolero
La furibunda oposición que había perpetrado el golpe de abril interpretó la escena del crucifijo como una muestra de debilidad y, en consecuencia, volvió pronto a las andadas.
En la esfera militar, luego que el Tribunal Supremo de Justicia dictaminara que los oficiales alzados lo hicieron porque estaban “preñados de buenas intenciones”, resurgieron los focos de rebelión, muy atizados por la maquinaria mediática que, por entonces, estaba en su máxima efervescencia. Se produjo entonces el vergonzoso y continuado show de la plaza Altamira.
En este caso, Chávez no llegó a la etapa de perdonar a los militares rebeldes, sino que ordenó ignorarlos, dejarlos cocinarse en su propio jugo. Una jugada inteligente, pero que también fue entendida por muchos como fragilidad.
En el ámbito petrolero y empresarial, los mismos actores de abril volvieron a escena en diciembre, con el paro-sabotaje que causó gravísimos daños a la economía nacional.
Los líderes de esa acción nunca pagaron penalmente, salvo un breve tiempo en el que estuvo detenido el sindicalista Carlos Ortega, capturado, por cierto, mientras apostaba en un casino.
Chávez dispensó a la mayoría de los protagonistas de estas acciones, salvo aquellos que habían sido condenados por homicidio y otros delitos gravísimos. La primera Ley de Amnistía se aprobó en 2007, cuando Chávez se encontraba en su tiempo de máxima popularidad.
Perdones en tiempos de Nicolás Maduro
Después de la muerte del comandante Chávez, Venezuela ha sido sacudida por recurrentes olas de violencia: la descarga de la arrechera, en 2013; las guarimbas de 2014 y 2017; el intento de magnicidio de 2018; la Batalla de los Puentes y el fallido golpe de los Plátanos Verdes en 2019; la Operación Gedeón en 2020; y las acciones de los “comanditos” en 2024. De la invasión, bombardeo y secuestro del jefe del Estado, este año, todavía no se puede hacer un análisis preciso porque es un evento en desarrollo.
Todos y cada uno de esos acontecimientos implicaron diversas violaciones a la Constitución y las leyes, vale decir, hechos punibles, algunos de ellos extremadamente graves, como el homicidio y la destrucción de bienes públicos y privados. En consecuencia, de cada episodio violento han quedado personas privadas de libertad, quienes, de manera genérica y premeditada, son llamados presos políticos por la oposición, EEUU y sus gobiernos aliados y lacayos, el aparato mediático global y los influenciadores antichavistas.
Cada vez, el gobierno del presidente Maduro y las autoridades judiciales han liberado a parte de esos contingentes de detenidos, algunos en forma plena y otros con medidas sustitutivas de la privación de libertad. No pocas veces, los favorecidos han reincidido.
Ahora, tras el ataque no provocado, no declarado y no autorizado de EEUU a Venezuela, la narrativa opositora pretende hacer ver que todos los procesados son ángeles injustamente detenidos y que la amnistía que se ha planteado sería algo inédito en 27 años, fruto de la tutela gringa. Los hechos demuestran que, ambas, son grandísimas mentiras.












