Tras el bombardeo y el secuestro, la mentira es el arma que más resuena
El ataque terrorista contra Caracas y otras localidades del país, perpetrado el 3 de enero, no ha cesado. Luego de la agresión militar propiamente dicha, el poder imperial sigue disparando unas armas no menos letales: las de la guerra simbólica.
Desde el primer momento, el empeño en mentir, tergiversar unos hechos y ocultar o silenciar otros ha sido la constante en la acción bélica contra Venezuela. Esta operación cognitiva sostenida se apoya en la amenaza de nuevos ataques armados y en la posición de ventaja que tiene cualquier secuestrador sobre los familiares de la víctima.
La narrativa imperialista, apoyada por las fuerzas más reaccionarias y antipatrióticas del país, apunta principalmente a la ruptura de la cohesión del Estado venezolano, de los movimientos políticos y sociales en los que se sustenta la Revolución bolivariana y de la unidad de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.
Saben que sólo generando grietas en estos cimientos de la V República pueden luego convertir su victoria militar circunstancial en una victoria estratégica permanente.
Los “bombardeos simbólicos” contra la unidad nacional se registran todos los días. Se ejecutan mediante varias ideas-fuerza. La primera de ellas es que hubo una traición al presidente Nicolás Maduro, mecanismo para sembrar desconfianza en la presidenta encargada, Delcy Rodríguez y en el alto mando político y militar.
La segunda es hacer ver que Rodríguez no gobierna autónomamente, sino que cumple órdenes directas de Donald Trump, una manera de acentuar la humillación generada por el ataque en sí y el secuestro del presidente Maduro y de la Primera Combatiente, la diputada Cilia Flores.
La tercera es presentar al presidente Maduro como un delincuente capturado, cuando en realidad es un jefe de Estado en funciones que fue secuestrado por una potencia extranjera, bajo cargos falsos y violando todo el ordenamiento jurídico internacional.
Este ametrallamiento no ha cesado ni cesará. Venía desde antes del ataque armado y seguirá de manera indefinida; porque es la manera de darle algún asomo de justificación a actos palmariamente imperiales, que patean el sistema internacional de manera flagrante.
Buena parte de estas narrativas se basan por completo en noticias falsas. No se trata de eventos distorsionados (que ya, de por sí, son un modo de engañar), sino de embustes en toda la línea. La supuesta condecoración al director de la CIA y las presuntas conversaciones del ministro Diosdado Cabello para negociar “la entrega” de Maduro son dos demostraciones de este terrible uso de la mentira como el arma que más resuena después de la infausta madrugada del 3 de enero.
Premio regalado y presentación en la Fundación Heritage
En los días posteriores al bombardeo, la muy extrema derecha venezolana ha desplegado una estrategia comunicacional en la que se evidencia la crueldad sin escrúpulos y la sumisión más vergonzosa al poder de Trump.
María Corina Machado protagonizó uno de los capítulos más bochornosos de la historia del pitiyanquismo latinoamericano, al ir a Washington a entregarle su muy cuestionado premio Nobel de la Paz al individuo que acaba de bombardear Venezuela. El gesto, que marcó récord en materia de obsecuencia y lamebotismo, terminó de hundir en lo más profundo de la letrina al referido galardón.
La dirigente opositora radical, seguramente esperaba una recepción con honores de jefa de Estado en la sede del gobierno estadounidense; pero la hicieron entrar y salir por una puerta destinada a visitantes comunes, una auténtica humillación para alguien de su alcurnia.
Luego de tan denigrante acto, Machado se presentó en una locación de la Fundación Heritage, uno de los cubiles de la ultraderecha más recalcitrante y pronunció un discurso abiertamente entreguista a los intereses más oscuros de la corporatocracia estadounidense. En esa alocución, ofrece al país como un territorio a reconquistar por EEUU, sin soberanía nacional ni otros obstáculos para la depredación capitalista.
El caos interno de EEUU
En la confrontación simbólica, el mensaje de EEUU enfrenta un grave problema: el país imperial está cada día más caotizado en el plano interno. Es decir, que la nación que se arroga el derecho a bombardear otro Estado y secuestrar a su presidente en nombre de la democracia, la libertad y los derechos humanos aparece ante el mundo como una dictadura en la que se coartan las principales garantías y se reprime a sus ciudadanos.
Las andanzas fascistas de la ICE (policía paramilitarizada que se encarga de detener y expulsar migrantes) han traspasado todas las barreras, al asesinar, privar de libertad y golpear a personas por motivos raciales y políticos.
El asesinato de la poeta Renee Good, mujer blanca, madre de tres hijos, baleada en Minneapolis por un agente de ICE, ha sido además defendido por las más altas autoridades de EEUU. Trump dijo que la gente no tiene derecho a tratar mal a los agentes del orden, mientras otros de sus funcionarios han llegado a justificar el homicidio diciendo que Good era de ultraizquierda. La vocera Karoline Levitt acusó a un reportero que le preguntó por el asesinato de Good, de ser un infiltrado de izquierda haciéndose pasar por periodista. La guerra simbólica también está encendida dentro del imperio.












