¿El poder imperial está tomando sus propios venenos?
Revisar las noticias sobre la situación interna de Estados Unidos, y su delictual política exterior, hace pensar en un científico muy maléfico, que elabora toda clase de fórmulas para hacer daño a sus enemigos y, por su propia maldad, por torpeza o por castigo divino; termina sufriendo las consecuencias.
El país que ha tratado por décadas de llevarnos a una guerra civil —y que en varias oportunidades ha estado muy cerca de lograrlo—, cada día da señales más claras de que ha entrado en esa terrible espiral de violencia interior.
Las manifestaciones multitudinarias y en diversas ciudades, bajo el lema No King (No queremos un rey), son la más reciente prueba de que una porción considerable de la población de la superpotencia está ya harta de Donald Trump, cuando apenas ha cumplido nueve meses en su segunda experiencia en la Casa Blanca.
La respuesta del presidente-magnate a esas protestas también es un síntoma claro de la degradación del debate, expresada en violencia simbólica de la peor especie. El mandatario subió a sus redes un material elaborado mediante inteligencia artificial en el que él, con una corona puesta, pilotea un avión de combate que vuela sobre ciudades y bombardea excrementos sobre los manifestantes.
Tener un presidente como Trump parece un castigo para quienes, desde las alturas imperiales, han pretendido presentar a EEUU como una referencia moral y un paradigma de la democracia. Nunca lo han sido, en realidad, pero con un personaje tan escatológico en la más alta jerarquía, todas las máscaras se les han caído.
Derechos humanos, la gran mentira
Uno de los argumentos de ataque de Washington contra la Revolución Bolivariana, desde los primeros días, ha sido la defensa de los derechos humanos. Sobre ese tema, el Departamento de Estado, agencias de inteligencia, ONG y fundaciones de toda laya; han escrito millones de páginas y emitido toda suerte de declaraciones de preocupación, amenazas y lamentos.
Toda esa parafernalia discursiva queda completamente demolida por las ejecuciones extrajudiciales que Trump ha ordenado perpetrar en aguas del Caribe, lejos de la jurisdicción de las fuerzas armadas estadounidenses.
Previamente, el gobierno del ultraderechista había violado de manera premeditada y alevosa todas las normas legales internas y externas con su política contra los extranjeros, cargada de supremacismo racial y abuso de autoridad. El secuestro y la deportación de inmigrantes a campos de concentración, tuvo su cuota más alta en el trato dado a los venezolanos enviados a El Salvador para ser tratados de modo denigrante por el gobierno de Nayib Bukele.
Libertad de prensa, otra impostura
En materia de libertad de expresión y de prensa, todos los factores de poder de EEUU han quedado al descubierto. Las grandes corporaciones de comunicación aparecen ahora enfrentadas a Trump porque el mandatario las ha desafiado, pues lo que indica la historia es que siempre han sido piezas al servicio de las peores arbitrariedades de gobiernos anteriores .
Mientras tanto, el caprichoso multimillonario y su combo están haciendo toda clase de tropelías contra la gente que emite opiniones adversas a las políticas antiinmigrantes, la guerra comercial y otros aspectos.
Una postal del derrumbe de la farsa sobre la libertad de prensa en EEUU fue el retiro de los periodistas asignados a la fuente del Pentágono, en rechazo a las normas impuestas por el secretario de Guerra, Pete Hegseth, de que todo contenido elaborado por los reporteros, debe ser antes revisado por oficiales militares.
Dividir y sublevar mandos militares
Otras de las políticas que ha desarrollado, desarrolla y siempre desarrollará EEUU en todos los países a los que ha dominado, domina o pretende dominar es dividir y sublevar a la oficialidad militar.
Las historias al respecto ocuparían una voluminosa antología, y en cuanto a la República Bolivariana de Venezuela, seguramente tendrían varios tomos. Las conspiraciones comenzaron muy temprano y dieron como fruto las traiciones de abril de 2002, que derrocaron brevemente al comandante Hugo Chávez. Siguieron con el circo de Plaza Altamira y con una ristra de intentos de golpe que cortaron las carreras de numerosos oficiales que se dejaron calentar las orejas.
En la actualidad, hay operaciones de esa naturaleza en plena marcha. El plan de siempre es tratar de detonar un conflicto interno ante el cual, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana se fracture y una parte de ella actúe contra el gobierno constitucional y los otros poderes públicos.
Pues bien, el efecto retruque es claro en este campo, pues en los últimos días varios altos —¡muy altos— cargos han resuelto ponerse al margen de los desenfrenos de Trump. La baja más significativa, por lo pronto, es la del almirante Alvin Halsey, jefe del Comando Sur, aparentemente por desacuerdos con las matanzas de civiles en aguas del Caribe.
La crisis militar, agudizada por una hostil reunión ordenada por Hegseth en la que sacó a relucir ideas racistas, xenófobas, misóginas, homófobas y hasta gordofóbicas, apenas está empezando, dicen los conocedores. El veneno que siempre nos han inyectado, hace efecto en quienes lo aplican.












