Venezuela amenazada por un mundo que perdió la vergüenza
El gobierno nacional, con un amplio apoyo del resto del Estado y de numerosas organizaciones y movimientos sociales, se ha visto obligado a decretar una situación de conmoción exterior, luego de que se hiciera inminente la amenaza —siempre presente, pero no con tal intensidad— de Estados Unidos como potencia neocolonial agresora.
La argumentación jurídica y política de esta acción es muy sólida, pues las acciones militares de EEUU en el mar Caribe no han sido esta vez meras maniobras para mostrar músculos, sino que se han concretado en ataques perpetrados contra embarcaciones civiles, presuntamente venezolanas, bajo el pretexto de que transportaban drogas y eran tripuladas por supuestos miembros del Tren de Aragua.
Al comparar los alegados logros de dichos arteros y desproporcionados bombardeos con los cargamentos reales que siguen fluyendo sin coto por el Pacífico, se llega a la obligatoria conclusión de que todo no es más que una máscara para ejecutar una nueva operación injerencista, destinada a llevar a cabo un golpe de Estado en Venezuela.
Ante ello, el gobierno bolivariano ha desarrollado una serie de acciones de respuesta, basadas en las leyes nacionales e internacionales, el sentido común y nuestra herencia histórica de pueblo levantisco y corajudo. Una de ellas ha sido decretar el estado de conmoción exterior, mediante el cual se le otorgan al Ejecutivo facultades amplias en caso de que la agresión imperial continúe escalando.
De inmediato, en gestos para nada sorprendentes, los factores más extremos de la oposición, y por supuesto, el mismo poder imperial, se han dedicado a “denunciar” que el gobierno venezolano pretende tomar medidas extraconstitucionales y represivas. Es la típica desfachatez de quienes se atribuyen el derecho a agredir y, encima, criminalizar cualquier respuesta.
La abyección internacional
El ataque contra Venezuela, disfrazado de lucha contra el tráfico de drogas, pone en evidencia el estado de degradación del sistema internacional, establecido hace 80 años, luego de los desmanes de la Segunda Guerra Mundial. Una palabra descriptiva es abyección, y se expuso en toda su miseria en la asamblea anual de la Organización de las Naciones Unidas, en Nueva York.
La cumbre de ese ente, que representa (al menos en la letra de su Carta) la vocación pacifista y de respeto al derecho internacional que une a todos los pueblos del mundo, termina siendo expresión de todo lo contrario: se ensalza a los guerreristas que pisotean todas las normas de convivencia global.
El presidente de EEUU, país sede de la ONU, encabezó la manifestación más abyecta de un imperio que ha entrado en decadencia y pretende recuperar su hegemonía disminuida mediante petulantes golpes a la mesa, intimidaciones y ultimátum.
Sin ningún rubor, Donald Trump juró que continuará con sus ilegales ataques militares letales contra embarcaciones menores civiles en aguas internacionales y anunció que no dudará en violar también la soberanía del territorio venezolano. Si el comandante Hugo Chávez afirmó que el podio de la ONU olía a azufre, luego del discurso del despreciable George W. Bush, ¿qué olor habrá quedado este año, tras el sermón guerrerista de Trump?
Petro habló por los nuestros
Y así como marcaron época aquellas impactantes palabras de Chávez sobre la hediondez sulfurosa del máximo recinto de la ONU, en esta octogésima reunión de la Asamblea General, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, tomó la palabra por todos nuestros países, no solamente los de América y el Caribe, sino también del resto del sur global.
Petro, habitualmente acusado de ser demasiado moderado, se largó con una alocución de leyenda en la que soltó verdades de todas las dimensiones, entre ellas varias sobre los verdaderos capos de la droga, que están muy lejos de ser quienes supuestamente la llevan en una lancha por el mar Caribe, sino que son gente del proclamado primer mundo, de raza blanca y apoyada por el sistema financiero mundial.
El presidente colombiano también fue contundente respecto al genocidio que perpetra la entidad sionista en Palestina, tornándose así, con todo mérito, en la voz de todos los pueblos oprimidos del orbe.
El sistema internacional colapsó
Hace mucho tiempo que se afirma que la ONU es una institución fracasada. Cada año, por estas fechas, esa convicción se renueva. En esta oportunidad, esa idea llega a niveles de escándalo no solo por el desubicado discurso de Trump, sino también por otros varios episodios bochornosos.
La sola presencia en la 80 Asamblea de un genocida en plena ejecución de sus delitos de lesa humanidad, como Benjamín Netanyahu ya habría sido una razón más que suficiente para declarar a la ONU como una entidad colapsada.
Pero eso no fue todo. También fue recibido y tratado con honores un hombre hasta no hace nada calificado como terrorista por EEUU: el sirio Ahmed al-Sharaa, antes llamado Abu Mohammed al-Golani, quien aparecía en videos participando en la decapitación de adversarios en la guerra civil que las potencias mundiales montaron en la hermana nación árabe.
Y para cerrar este resumen de hechos vergonzosos, téngase en cuenta que EEUU despojó de su visa al presidente Petro por haber osado decir lo que dijo en la ONU y en algunas reuniones fuera del “antro diplomático”. ¿Alguien puede dudar de que esa organización ya está muerta?












