Alguien, en medio del escrutinio electoral colombiano, lanzó una frase que parecía meme pero terminó siendo profecía: “Alguien llame a las kpopers”. Y resulta que no era broma.
Mientras las encuestas se rompían y el candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda, veía cómo los números no le sonreían como se esperaba, un fenómeno silencioso pero masivo comenzaba a moverse en las redes sociales. No eran punteros tradicionales ni maquinarias políticas pagadas con dineros opacos. Eran muchachas y muchachos que, entre coreografías, álbumes y photocards, han construido una de las estructuras organizativas más fascinantes del siglo XXI.
Y ojo: esto no es nuevo. Pero lo que pasó en Colombia esta semana merece un análisis profundo, porque nos habla de algo que muchas campañas tradicionales aún no entienden: lo personal es político. Y lo musical, también.
¿Qué es el movimiento k-pop?
Para quienes aún asocian el K-pop solo con coreografías perfectas y videos de colores neón, déjenme contarles que detrás de los idols y los lightsticks hay un fenómeno social de proporciones globales. El K-pop, originario de Corea del Sur, no es solo un género musical. Es una industria, una estética, una forma de vida para millones de jóvenes en todo el mundo.
Pero también es, y esto es lo que nos interesa, una escuela de organización digital. Los fandoms del K-pop —con nombres como ARMY (de BTS), Blinks (de Blackpink) o Stay (de Stray Kids)— han perfeccionado el arte de movilizarse en redes sociales con una velocidad y eficacia que ninguna estructura política tradicional puede igualar.
No es exageración. Ellas y ellos saben cómo hacer trending topic en minutos. Saben cómo masificar información, cómo bloquear hashtags contrarios y cómo inundar plataformas con mensajes coordinados. Esa capacidad, que comenzó como un juego para posicionar a sus artistas favoritos, se ha convertido en una herramienta política poderosa.
¿Por qué toman posición contra el fascismo?
Aquí viene lo interesante. El K-pop, en su esencia, es un producto cultural que nació en un país con una historia de lucha por la democracia. Y aunque muchos idols evitan hablar explícitamente de política, los fandoms han entendido algo fundamental: la defensa de la diversidad, de los derechos humanos y de la libertad de expresión es parte del ADN de las comunidades que aman este género.
¿Por qué? Porque el K-pop celebra lo diverso, lo brillante, lo que no encaja en los moldes tradicionales. Sus fans son, en su mayoría, mujeres jóvenes, personas LGBTQ+, disidencias, migrantes digitales. Personas que en cualquier proyecto fascista serían las primeras en ser señaladas.
En Colombia, el miedo no es abstracto. El candidato Miguel de la Espriella representa un proyecto político que ha amenazado con cerrar el ministerio de la mujer, derogar leyes de diversidad, legalizar el porte de armas y abrirle las puertas al fracking. Para una comunidad que defiende la vida, la diferencia y el territorio, eso es una declaración de guerra.
Por eso, cuando empezaron a circular mensajes de alerta, los fandoms no dudaron. No estaban defendiendo a un candidato específico, aunque muchos terminaron apoyando a Cepeda. Estaban defendiendo una forma de entender el mundo. Estaban diciendo: “Si el fascismo avanza, no nos quedaremos calladas viendo coreografías”.
La curiosidad de Cepeda y el agradecimiento que debería hacernos pensar
Y aquí viene el momento más curioso de toda esta historia. Iván Cepeda, el candidato del Pacto Histórico, agradeció públicamente a las kpopers por su activismo. Y ese gesto, pequeño en apariencia, es enorme en significado.
Porque Cepeda entendió algo que muchos políticos aún no comprenden: la política no se hace solo en las plazas ni en los debates televisivos. Se hace en los trending topics, en los grupos de WhatsApp, en las cuentas de TikTok con 10 mil seguidores. Se hace donde están los jóvenes.
Pero también hay una lectura más profunda. ¿Por qué las kpopers se movilizan? ¿Por qué gastan su tiempo, su creatividad y su energía en una contienda electoral que no es «suya» en el sentido tradicional?
La respuesta es simple pero poderosa: porque saben que el fascismo no negocia. No les pide permiso. No respeta sus gustos ni sus cuerpos ni sus identidades. El fascismo las señala, las persigue, las anula. Y frente a eso, la única respuesta posible es la organización.
Lo personal es político (y lo musical también)
Cuando una adolescente de 16 años publica un video coreografiando una canción de NewJeans no está «perdiendo el tiempo». Está aprendiendo a coordinar movimientos, a trabajar en equipo, a usar plataformas digitales y a tener disciplina. Esas mismas habilidades son las que después usa para organizar un streaming party contra un candidato que amenaza con criminalizar el aborto.
No es casualidad. La música es política. El arte es política. La forma en que nos juntamos, cantamos y bailamos también lo es.
El movimiento k-pop en Colombia nos está dando una lección: la resistencia también tiene ritmo. La rebeldía también se viste de rosa y se peina de colores. Y los jóvenes, esos que muchos adultos subestiman, ya entendieron que no hay espacio neutral cuando la dignidad está en juego.
Un fenómeno para analizar, no para ridiculizar
Es fácil, muy fácil, burlarse de las kpopers. Pero quienes lo hacen no entienden nada. No entienden que estas comunidades han logrado en años lo que muchas organizaciones políticas no han conseguido en décadas: conectar con las emociones, movilizar desde el cariño, construir redes horizontales donde nadie da órdenes pero todos saben qué hacer.
En momentos donde el fascismo avanza con discursos de odio, la respuesta organizada, alegre y masiva de los fandoms del K-pop es un rayo de luz. No ingenua. No ingenua en absoluto. Calculada, estratégica y profundamente política.
Así que la próxima vez que alguien diga “¿por qué las kpopers se meten en política?”, la respuesta es clara: porque la política ya se metió en sus vidas. Y porque, a diferencia de muchos, ellas y ellos decidieron no hacerse las distraídas.
Lección para Venezuela: estudiar, usar, involucrarse… sin caer en lo ridículo
Y aquí quiero hacer un alto, porque lo que pasa en Colombia no es un espejo para mirar de lejos. Es una lección para nosotras, para nosotros, en Venezuela.
El fenómeno k-pop nos muestra que las juventudes organizadas alrededor de pasiones culturales pueden ser una fuerza política real. No porque alguien les dé un discurso desde arriba, sino porque ellas mismas construyen redes basadas en el afecto, el trabajo colectivo y el sentido de pertenencia. Eso no se decreta. Se siembra, se acompaña y se respeta.
En Venezuela debemos estudiar estas tendencias. No para copiarlas de manera forzada o ridícula —nada más patético que un político de 60 años intentando hacer un challenge de TikTok sin entender el código—, sino para entender cómo se organiza hoy la gente, sobre todo la gente joven.
Usar estas herramientas significa apropiarse de los lenguajes digitales sin traicionar la esencia de lo que hacemos. Significa escuchar, observar y aprender de quienes ya están movilizando masas con métodos que no salen de los manuales de campaña tradicionales.
Involucrarnos, sí, pero con inteligencia. No se trata de montarse en la moda por conveniencia electoral. Se trata de reconocer que la batalla cultural se gana también en los espacios que históricamente despreciamos como «frívolos» o «menores». Porque la juventud no es el futuro. La juventud es el presente. Y si no aprendemos a hablar su idioma, a respetar sus ritmos y a acompañar sus luchas, estaremos condenados a hablarle a un vacío.
Sin abusar. Sin caer en lo ridículo o en lo forzado. Porque la peor estrategia política es la que finge lo que no siente. Y los jóvenes, créanme, tienen un radar infalible para detectar la falsedad.
El K-pop nos recuerda que la política también puede ser alegre, colectiva y llena de color. Y que, en tiempos donde el fascismo avanza con rostro serio y traje oscuro, la respuesta más poderosa puede venir de una chica con audífonos rosados y una coreografía aprendida de memoria.












