Nuevamente, los “guapos del teclado” intentan avalar la idea de que la agresión a Irán puede conducir mecánicamente a una salida a la izquierda de la sociedad. Al igual que en Libia, Irak y Siria, se busca acreditar la tesis de que una intervención norteamericana se realiza en nombre del progreso y no de la destrucción. Esta narrativa, que pretende presentar la agresión imperialista como partera de la democracia, ignora deliberadamente los escombros humeantes de Trípoli, Bagdad y Damasco, donde la promesa de libertad se tradujo en mercados de esclavos y Estados fallidos.
La actualidad nos golpea con la cruda realidad de la guerra total. Con el inicio de la operación sionista «León Rugiente» y el apoyo masivo de la «Furia Épica» estadounidense, la agresión contra Irán ha cruzado el punto de no retorno. Los bombardeos sobre Teherán, Isfahán y Qom, junto con la provocación directa contra la oficina del Ayatolá Jameneí , no son simples operaciones militares, sino una declaración de guerra abierta contra la soberanía de los pueblos. Trump, al anunciar la destrucción de la industria de misiles y de la marina iraní, actúa como el brazo armado de una hegemonía que no tolera obstáculos.
Para comprender la ferocidad de este ataque, es necesario decodificar los dos proyectos que hoy se funden en la sangre de Teherán y Gaza: el «Gran Israel» y el «Gran Medio Oriente». El proyecto del «Gran Israel» (Eretz Yisrael Hashlema) no es solo una pretensión territorial bíblica, sino una estrategia geopolítica de fragmentación.
Sus bases modernas residen en el Plan Yinon de 1982, que teorizaba explícitamente la supervivencia de Israel a través de la «balcanización» del mundo árabe: la destrucción de los Estados nación fuertes (como Irak, Siria e Irán) para reducirlos a un mosaico de entidades débiles y en perenne lucha étnica o religiosa. Lo que vemos hoy es la aplicación terminal de este plan: el aniquilamiento de la resistencia palestina para la expansión definitiva más allá de cualquier frontera legal.
A esto se une el proyecto estadounidense del «Gran Medio Oriente» (Greater Middle East Initiative). Lanzado por la administración Bush y hoy radicalizado por Trump, este plan apunta a una reestructuración total del área que va desde el Magreb hasta las fronteras con China. El objetivo no es la democracia, sino la «compatibilidad neoliberal»: derrocar a cualquier gobierno antiimperialista que rechace el dominio del dólar y el control estadounidense sobre las rutas energéticas. En esta visión, Irán representa el último gran pilar de resistencia soberana que impide el cierre del círculo unipolar.
La convergencia entre estos dos diseños crea una tenaza especular a la Doctrina Monroe de 1823. Si esta última consideraba a América Latina como el patio trasero de Washington, el binomio Trump-Netanyahu proyecta la misma lógica de sumisión sobre Asia Occidental. Irán, al igual que Venezuela, Cuba y Nicaragua, es la anomalía sistémica a eliminar porque reivindica el control soberano sobre sus recursos, algo vital incluso para la estabilidad económica de potencias como China.
La imposición de la política de los hechos consumados y la asimetría del poder son ya realidades que calcan fielmente el modelo aplicado a Venezuela. Se trata de una estrategia de engaño global: mientras en apariencia se fingía negociar y se abrían mesas diplomáticas, por debajo de la mesa las centrales imperialistas preparaban la agresión militar y el secuestro de los recursos soberanos. La diplomacia, en este esquema, no es búsqueda de paz, sino una maniobra de distracción táctica para desarmar al adversario antes del golpe de gracia; algo que se sitúa en las antípodas de la democracia de paz de Venezuela que, desde Bolívar hasta el presente, tiene una sola palabra y la cumple.
Tras los fallidos intentos de «revoluciones de colores» instigados por la CIA y el Mossad el pasado enero, el imperialismo ha pasado al ataque directo. Esta asimetría se declina también en el secuestro de bienes soberanos: en el caso de Venezuela el saqueo de Citgo y el congelamiento de las reservas de oro son actos de piratería política que corren paralelos a las “sanciones”, verdaderas armas de destrucción masiva financiera que golpean a los más vulnerables, desde La Habana hasta Teherán.
El dato más inquietante sigue siendo la ausencia de una oposición real en Occidente. Las izquierdas liberales se han convertido en los departamentos logísticos de la OTAN, justificando la masacre en nombre de una democracia que solo exporta caos. Estamos sumergidos en un sonambulismo nuclear que ignora los riesgos de una deflagración global: incluso cuando, como en el caso de Italia, servimos de depósito de bombas nucleares para los Estados Unidos.
La respuesta iraní con la operación «Promesa Verdadera-4» y los ataques a las bases estadounidenses en Al Udeid y Ali Al Salem demuestran que la resistencia es el único lenguaje que queda frente a quienes han hecho trizas la Carta de las Naciones Unidas.
El genocidio en Gaza, con un saldo real que las proyecciones estadísticas elevan a cientos de miles de víctimas, es el laboratorio de este nuevo orden. El secuestro político de Venezuela y de la figura de Nicolás Maduro y Cilia Flores es su correlato latinoamericano: si no te pliegas al modelo extractivista, eres borrado del mapa del derecho.
Hoy, la lucha de Irán se une a la del pueblo venezolano y cubano. Es una batalla por la supervivencia contra un sistema que solo puede subsistir a través de la destrucción masiva. Defender estos polos de resistencia significa impedir que la fase total de la Tercera Guerra Mundial borre cualquier rastro de soberanía.
El frente antiimperialista es el único dique que queda en defensa de la paz con justicia social. El pueblo unido jamás será vencido, y solo la unidad de los pueblos bajo la bandera de «¡Abajo el imperialismo!» podrá acelerar el advenimiento de un mundo multipolar y soberano. Y socialista.












