Por: Rubén Darío Roca
Hubo una noche en la que tuve que mentir sobre la existencia de la belleza nocturna; dije que no había libélulas tornasol ni cocuyos alumbrando, y todos me creyeron porque al cielo le habían reventado las estrellas.
Qué triste es cuando tu último horizonte está ardiendo y temblamos de miedo, sin disimulo, ante el asombro del estallido que tritura carne y tierra, juguete y niño, casa y patria.
Hubo una noche en que tuve que decirles a mis hijos que sí, que esta vez podían llorarlo todo, porque tal vez el llanto era la única forma de saberse vivos; porque el consuelo no estaba en nuestras manos, sino en el silencio infinito que sentiríamos después de mirar las nubes romperse.
Pero les juro que yo no quería mentir sobre las libélulas ni los cocuyos; yo no quería recoger los escombros de la incertidumbre, ni temerle al zumbido de las abejas, ni a los campanarios, ni a los relámpagos… pero me obligaron, y no los perdonaré.
Es por ello que hoy, ante la muerte y lo podrido, me levanto con una piedra en cada palabra que le rasgue el pecho al mísero avaricioso, para que también sepa que su cobardía no me conmueve, que su dolor no me conmueve.
Sé que la memoria no tendrá reparo alguno por más que me empeñe en desdibujarla. Sé que es mi deber juntar todos los colores posibles para que la inocencia de mi pueblo vuelva a dibujar pájaros en sus horas de recreo. Sé que no estoy solo; sé que los que también mintieron a sus hijos aquella noche están aquí: cantando justicia, desvelados de amor, sembrando dignidad.
Para siempre.
Rubén Darío Roca Caracas, 11/01/2026. A 8 madrugadas del bombardeo.












